La plaza Kalinovski

8 Mar

para Carlos Piña

El 19 de Marzo de 2006, cuando en México las campañas presidenciales iniciaban, en Bielorrusia caía una tormenta de nieve sobre las miles de personas que cantaban en la plaza, a coro ¡Larga vida para Bielorrusia! ¡Hartazgo! ¡Vergüenza, vergüenza! Según las cifras oficiales dadas a conocer apenas unas horas antes, el 95 por ciento de la población había votado por la reelección de Alexander Lukashenko, quien desde hace quince años encabeza un gobierno represor y totalitario, que mantiene en la pobreza absoluta a la periferia de su país y quien controla por completo los medios de comunicación. No recordaban un frío como el de esa noche y sin embargo, la plaza se alimentaba de más y más indignación. Contra los pronósticos de las autoridades, la manifestación no se desvaneció con la llegada de la madrugada, sino que se montó un campamento en el corazón de la plaza para recordar a Lukashenko, día y noche, la duda, la indignación y el hartazgo contra su régimen. Lo intentó todo para desaparecerlos, lo primero el desprestigio social, los llamó indigentes, vagabundos, vendidos, muertos de hambre, luego les envío todo tipo de mensajeros para provocarlos, desde grupos militares hasta ancianas conservadoras, pero el grupo, en su mayoría jóvenes universitarios, permanecía firme en convicciones. Entonces Lukashenko, admirador confeso de Hitler, decidió atacar. Un comando armado con nudilleras de metal, golpeó y detuvo a los más de cien jóvenes que esa madrugada cuidaban el campamento. En la plaza quedaron las teteras y las carpas abandonadas. Esta historia es narrada por Yuri Khashchavatski, director del documental Plaza Kalinovski, quien nos acerca a la realidad de un pueblo bielorruso cuyo grito de desesperación fue sofocado por un discurso mediático controlado por el gobierno.  Para muchos, los manifestantes se convirtieron en enemigos de la paz y el orden, en agitadores a sueldo, o por lo menos en deschavetados frenéticos, cuando en realidad sólo eran un grupo de jóvenes que ya habían soñado con la posibilidad de otro País, sin desapariciones forzadas, con prensa independiente, libre de dictadura. Paradójicamente fueron castigados por el régimen en complicidad silenciosa de la mayoría, por ejercer su derecho a dudar de la limpieza de la elección cuando, justamente, en Bielorrusia elecciones limpias es de lo que menos hay. ¿Le suena parecido?

 

Tal vez en México no fue necesario retirar con el Ejército o con la Policía Federal al grupo de ciudadanos instalados en resistencia pacífica en el centro de la Ciudad de México por el eficiente trabajo elaborado por los medios de comunicación y por algunos analistas, que se encargaron de convencer al resto de la sociedad que dudar de los resultados electorales era antipatriótico y peligroso y que, por lo tanto, sólo dudaban los indeseables. Lo mismo sucedió en Bielorrusia y hoy, los dos países se hunden en una profunda crisis de legitimidad.

(El documental está siendo proyectado en el festival Ambulante. El programa está en http://www.ambulante.com.mx)

 

 

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