PARRICIDA

10 Jul

Saboreaba los mejores momentos de la plática con Sanjuana. Habíamos desayunado en el Nuevo Brasil y yo caminaba de regreso a casa, por Zaragoza, hacia el Norte. Sonreía, acaso sintiéndome todavía en la mesa, frente al machacado y a la conversación vivaracha de mi amiga, cuando una mujer, rondando los setenta, se me acercó para hablarme. Mientras se aproximaba recordé, con pena, que no traía ni un peso para apoyarla. Me sentí fatal. Me incomodó esa especial perturbación que provocan las mujeres ancianas que mendigan, una incomodidad en el tórax, maternal y espinosa, que nos regresa a tierra, a sabernos injustos. Para antes de que me hablara, yo ya me sentía tan miserable que traté de acelerar lo más pronto posible nuestra despedida; la interrumpí: perdóneme señora, no traigo ni un peso… la mujer me miró con un desconcierto raro, como a quien le arrebatan inesperadamente algo que le pertenece, yo quise escapar, pero me paralizó su voz: sólo quería preguntarte la hora.

Toda confusión, avergonzada, en miseria, traté de sacar mi teléfono celular de la bolsa, pero ella se negó: déjalo, ya no importa.

Me quedé en la esquina, con el celular en la mano, arrojada. Parricida.

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