Dice César Cansino que la ciencia política ha muerto. Que quienes se hacen nombrar “políticos” han perdido el rumbo, que la ambición los devora, que “la política” es una máquina contra el ser humano. Yo concuerdo. Diría que la democracia se está construyendo a pesar de estos personajes. El 31 de Marzo de 2010 estos hombres y mujeres otorgaron en nuestro nombre la concesión por 60 años de 25 hectáreas de espacio público a FEMSA. No han podido explicar por qué el estadio del Club Rayados es de interés público, pero eso no pareció importar a los 36 diputadxs que aprobaron la concesión. Para nosotros todos ellos han muerto políticamente. Nunca olvidaremos lo que hicieron con el patrimonio público.
Alfonso Robledo, sin embargo, recién ganó un espacio en el Consejo Estatal panista. Mientras la ciudadanía lo castiga, su partido lo premia. De la misma forma da vergüenza ajena ver cómo algunos panistas aprovechan la muerte de las cinco personas en la Expo para sacar raja política y acusar a la alcaldesa. Han hecho un póster del que se regodean quienes quieren ser alcalades de Guadalupe. Se rasgan las vestuduras frente a Ivonne, olvidando el crimen que ellos mismos cometieron contra la democracia, la convivencia y el espacio público. Estos neo panistas gritan indignados, ¡2 de Mayo no se olvida! Pero es tan difícil creer en la indignación de quien ha sido ya devorado por el mismo sistema que, paradójicamente, propició estas cinco lamentables muertes.
Es difícil reseñar una función que duró más de 12 horas y que tuvo tantos picos y nudos en su desarrollo, pero lo intentaré. Pero antes de eso, un preámbulo: la ciudadanía durante todo el acto, tuvo una posición de dignidad ante los tratos humillantes que recibió. En la repartición de papales le tocó interpretar el más difícil, el que es amenazado con la expulsión si no sonríe al tragar mierda. La política reclama que después del garrote demos las gracias, pero los miembros del Colectivo Ciudadano en Defensa de la Pastora que estuvimos ahí terminamos por vomitar ante el platillo que nos ofrecían.
10:30 am. El Colectivo se comienza a reunir en el hasta bandera del atrio del Congreso. De nuevo, éramos más de 50 personas. Cada uno tomó el nombre de algún diputado al que le haríamos marcaje personal. A mí me tocó “Tomás Montoya, del PRI”; de pronto, espontáneamente empezamos a gritar el nombre del diputado que nos tocó, y el resto contestaba “¡marcaje personal!”. Fue un momento lindo. De esos instantes privilegiados que viven los grupos organizados, que se respetan y se admiran mutuamente.
Dadas las 11 am. nos formamos en un fila para entrar el recinto. Sin novedades en la entrada: todos pasamos (esto es producto de varias luchas anteriores con el personal de seguridad del Congreso). En galera nos dimos cuenta que aún no había butacas, que los clavos seguían expuestos (del Colectivo a varios compañeros se les rompieron los zapatos) y que el barandal del lado derecho, que ocupábamos, estaba bloqueado por los respaldos apilados de las butacas. Así que ni asomarnos a los leones podíamos. En la sesión la diputada del PRI Sonia González y el diputado Homar Almaguer del PT dirigieron dos discursos ambientales, hablaron de la importancia de los árboles y de los bosques. Los del Colectivo no dábamos crédito de la hipocresía con que se atrevían a enarbolar la causa ambiental cuando que horas después apoyarían la pérdida de 25 hectáreas de espacio verde. Pero en fin, aquí la nota se la llevó uno de nuestros compañeros que a Almaguer le gritó: “¡Duendecillo del bosque!”, la verdad es que esta puntada me hizo reír con ganas, pues la tensión era mucha y la frase era contundente pero respetuosa. Gracias a que comenzamos grabar con nuestras cámaras las condiciones físicas de la galera y a que una compañera se dedicó a marcar cada uno de los clavos para protección del resto, la Coordinación de Seguridad levantó dos horas después los muebles que invadían el espacio de la ciudadanía y sobre los clavos colocaron una cinta amarilla. Después de dedicarse a leer dictámenes por más de cuatro horas, sin que al menos dos diputadxs al mismo tiempo estuvieran poniendo atención, y viendo a la Secretaria de la Mesa Directiva, luchar contra el efecto de las soporíferas palabras de los oradores, nos decidimos bajar a investigar qué estaba pasando. Fuimos a las Previas del PAN, Héctor Camero, Nacho Zapata, Claudio Tapia y yo. Por fortuna dentro de la sala encontramos al diputado Alfonso Robledo, quien en todo momento se manifestó en contra de que el estadio se construyera en la Pastora. Sin embargo, al preguntarle sobre la posibilidad de que la votación se realizara ayer mismo, noté que Robledo debilitaba su postura. Lo confronté cuando dijo que su postura siempre había sido un sí condicionado. Le recordé que su principal condición era que el estadio se construyera en otra parte, a lo que era verdad. Como testigos panistas estaba su Coordinador de Medios y el Diputado Víctor Fuentes, sonriente en todo momento. Les dije, “no nos vayan a jugar el dedo en la boca, diputados”, traté de desenmascararlos con preguntas, pero Robledo no soltó prenda. No se atrevió a confesar que ya había aceptado pactar y aprobar el estadio. No pudo por vergüenza o por cinismo, eso nunca lo sabremos. Salimos de previas confundidos. Algunos decían que estaba confesando, yo no quise creer esto.
Al pie del cañón
Regresamos con los compañeros que permanecían en galera. Ya nuestros rostros estaban cansados, no habíamos comido, y resulta muy desgastante –emocionalmente- asimilar lo que uno observa en el Congreso. Es un golpe moral fuerte que sólo entendemos si asistimos a una sesión. Es una cubetada helada de realidad: es ver al País secuestrado por los partidos-empresas-mafias. Estos son otro tipo de cárteles, contra los que pocos alzamos la voz.
Hicimos roles de vigilias. Algunos compañeros regresaron a sus casas a descansar, otros fuimos a comer y otro grupo se quedó observando, a la espera de ser reemplazados. En ese lapso, mientras comíamos apresuradamente unas tostadas de ceviche del Vita-Mar, fue que el honorable congreso decidió darse una pausa y llamar a receso. Esto sirvió para que los compañeros que habían permanecido en Congreso salieran a comer unos tristes sándwiches del Seven. Nos encontramos de vuelta en galería. Nos entretuvimos de diferentes maneras mientras esperábamos novedades legislativas. Yo me dediqué a entrevistarlos con una cámara de video. Les preguntaba ¿Qué significa para ellxs esté lugar –el Congreso? y ¿qué opinión tenían de los diputadxs? Las respuestas pronto las editaré para compartir el video, pero este ejercicio me hizo recuperar la energía. Escuchar la lucidez de cada uno de los compañeros levanta muertos. Al escucharlos confirmé mi credo.
Horas después nos enteramos de que las comisiones por fin sesionarían para votar el dictamen. Décimo piso, sala Fray Servando Teresa de Miel (y el libertario cura revolcándose en su tumba), una comisión del grupo subió. Nos detuvieron en la puerta. El personal de seguridad nos dijo que entraríamos una vez comenzada la sesión, esperamos. Mientras tanto entraban a la sala un montón de personas, desde prensa hasta asesores, secretarias, diputados. A los legisladores les decíamos que no nos dejaban pasar, ellos nos contestaban alzando los hombros. El día anterior, en sesión del pleno y a propuesta del prisita Héctor Morales, se aprobó que la reunión de comisiones fuera secreta, a espaldas de la ciudadanía. Esto lo aprobaron también los panistas, vale la pena señalarlo. Sin embargo, en la propuesta de Morales se especificó que una comisión de ciudadanos pasaría a la sesión, situación que nos fue negada. Por más que insitíamos a los diputados que ingresaban a la sala que no participaran en una sesión que prohibía el paso a la ciudadanía, éstos terminaron ignorándonos. Por eso nos quedamos afuera de la sala, viendo cómo entraban otras personas y cómo algunos salían para tomar aire pues la atiborrada sala se convirtió en una cueva infernal, de la que la gente salía empapada en sudor. Al terminar la sesión, que duró poco más de una hora, reclamamos a los diputados el habernos dejado a fuera. Les llamamos traidores, pero ninguno contestó. Algunos salían con la mirada al piso. El dictamen había sido aprobado por unanimidad.
La sesión del pleno se reinstalaría, así que bajamos tan rápido como pudimos para tomar nuestro lugar en galería. Nuestra sorpresa fue que de nuevo los elementos de seguridad del Congreso, ahora acompañados de policías estatales, nos negaban la entrada. ¡No lo podía creer! En ese punto estaba yo en todos los sentidos desgastada. Mi rostro estaba desencajado y mis palabras se habían escondido dentro de mi. No podía hablar ya. Me sentía lacia, como diría mi abuela. La ira me invadió completamente, por eso me cerraba todos mis escapes: no hables, Ximena, me decía. Temía desbordarme en lágrimas y contagiar al grupo de mi desolación. Fue entonces que algunos diputados entraron por la misma puerta que se nos cerraba a nosotros. Los compañerxs les decían: “¡No nos dejan entrar!”, pero ellos parecían congratularse con nuestra situación. Adentro, en el lobby algunos compañeros nos veían y gritaban: “¡Déjenlos pasar! ¡déjenlos pasar!”. Viendo a uno de los compañeros que estaban adentro tuve unas incontenibles ganas de llorar como viuda. Sergio es un padre de familia ejemplar, tiene tres hijos, es vecino de Guadalupe, cargaba su maletín del trabajo con una mano, y bajo el brazo llevaba algunas pancartas nuestras enrolladas. Me conmovió profundamente su imagen. La imagen nuestra, la de los ciudadanos luchones, la de los papás preocupados por el futuro de sus hijos. A él y a su esposa Malena los admiro de corazón: llevan a sus hijos a las juntas y a las marchas, forman en ellos el sentido de comunidad. En fin, todo eso pensaba viendo a este compañero. A punto de ponerme a chillar de la desesperación por el castigo que recibíamos por disentir dignamente, llegó un compañero, Uriel, otro ciclista urbano, que nada más de verme el rostro decidió abrazarme con un brazo, un apapacho de compañeros, de camaradas, sin decir palabra lo dijo todo.
Uno de los diputados que suponemos sintió más culpa por haber aprobado el dictamen y luego el decreto, fue Víctor Fuentes, el sonriente. Tal vez por culpa fue que se comprometió con nosotros a liberar nuestra entrada. Lylia le aclaró que ella nunca había creído en é pero que había otras personas, señalándome, que estaban claramente desilusionadas de él. Fuentes, cínico, me miró: “pero si ella no me conoce”, esto valió para que le contestara: “exactamente, ahora ya lo conozco”. Sonrió, qué más. Al poco rato volvió con la buena nueva de que, gracias a sus gestiones, podíamos pasar. Salió a decir esto esperando una estrellita en la frente pues seguro está acostumbrado a tratar con ciudadanos que no conocen sus derechos y por eso agradecen cuando hay justicia. Víctor Fuentes me llama por mi nombre desde la puerta abierta: “Ximena, ¿quieres pasar?”, yo me le quedo viendo, él repite: “¿Quieres pasar o no?”, nos acercamos a la puerta para entrar, pero le digo: “Pasar es nuestro derecho, no una concesión suya, no tenemos nada qué agradecerle”. Fuentes pone cara de Uuuuuta, con nada les doy gusto, ingratos.
Nos reunimos con nuestros compañeros, que nos dan la bienvenida. Pasamos a galería. Somos más de treinta personas. Son las nueve de la noche. Estamos por cumplir 12 horas en Congreso. Miércoles santo, para los católicos, oscuridad en la calle: la gente de vacaciones, los diputados sesionando, hay razones para sospechar. En ese entonces ya todos sabíamos que el PAN aprobaría el decreto, sólo la perredista María de los Ángeles mantenía su postura ante el despojo del patrimonio público. La sesión se reinicia. Nosotros decidimos tapar nuestra boca con cinta sobre la cual escribimos: “¡Traidores!”, “¡Ecocidas!”, “¡Mentirosos!”. Teníamos la idea de no hablar, de no gritar, de no desmoronarnos frente a ellos., de repudiarlos en silencio. Así fue que mantuvimos un silencio sepulcral –nunca mejor dicho- mientras escuchábamos como cuatro diputados priistas daban lectura durante más de hora y media al dictamen. Algo histórico fue que como parte del dictamen se da lectura también a los resúmenes de los documentos que ingresó la ciudadanía al expediente. Leyeron nuestros argumentos y los de otros grupos ciudadanos organizados. Se escucharon nuestros argumentos. En la tribuna se escuchó por qué resistíamos a la entrega de patrimonio público a manos privadas, se habló de otros lugares, de la defensa de los espacios públicos, de la ausencia de utilidad pública del proyecto, de la posibilidad de regenerar un bosque en esas 25 hectáreas, de la posibilidad de construir ahí un vivero, la universidad del desarrollo sustentable, la siempre de hortalizas y huertos, en fin. Fue un logro ciudadano el haber participado en el debate con argumentos sólidos y propuestas. Nosotros cumplimos cabalmente. Héctor Morales fue quien leyó la última parte del dictamen. En seguida vendrían participaciones a favor y en contra y luego la votación.
La primera en hablar fue la diputada perredista, esposa del líder del partido en el estado, un hombre al que los mismos perredistas repudian por sus prácticas caciquiles en García. María de los Ángeles Herrera leyó un discurso que aglutinaba muchos argumentos válidos para rechazar el proyecto en la Pastora. Lo hizo bien, tal vez causó alguna comezón en los panistas y el petista, pero no en el PRI, mucho menos en Juan Carlos Holguín, único diputado del partido Verde quien, timorato como pocos, decidió no entrar a la sesión, aunque en muchas ocasiones se comprometió a votar en contra. Al terminar Herrera, pidió la palabra Alfonso Robledo del PAN, al saber ya que había traicionado su postura los miembros del Colectivo decidimos darle la espalda, en un acto simbólico de reciprocidad, como repudio al diputado que se cambia al bando contrario a los argumentos. Personalmente la pérdida de Alfonso me duele. Sin creer en los partidos, creí en él como persona, en él y en Hernán Salinas, líder de la bancada panista. Pensé que eran diputados excepcionales, pero me hago responsable de mi error. Robledo se levantó a dirigir un mensaje francamente patético. Lo digo con conocimiento del adjetivo. “Vengo a defender a mi partido”, comenzó. Aludió a la “dictadura de la mayoría” , dijo que teniéndola perdida prefirieron modificar un dictamen que como quiera se aprobaría. Pragmático, pensarían algunos. Pero el ave se fue en picada cuando mencionó estas modificaciones, que comprendían los rondines de una patrulla por la zona para alejar a “los rateros”, ¡Vaya, por Dios! ¡Ese si que es oficio legislativo, Robledo! ¡El PAN nadando en sus propias tibiezas! No me aguanté y grité a todo pulmón: “¡La seguridad es un derecho, no una concesión!”, en tribuna Alfonso Robledo me contestó: “Si,ta bueno”. Nadie pudo seguir guardando su indignación atrás de una cinta, la mayoría comenzamos a gritarle, sobre todo los vecinos, timados, defraudados por su representante. El Presidente de la Mesa hizo leer a la Secretaria el artículo del reglamento interior del Congreso que exigía a los asistentes guardar el decoro so posibilidad de expulsión. Nuestro compañero David, contestó señalando a todos los diputados presentes: “¡pues aquí está lleno de criminales!”, “¡Entonces no hay quórum!”, gritó alguien más. Todas nuestras palabras caían sobre los hombros de los diputados y diputadas. En el mejor de los casos generaban en ellos vergüenza.
Después habló de nuevo la diputada, con argumentos similares a los antes dichos. Terminó César Garza, del PRI, vocero de Héctor Gutiérrez ,“Mon père”, quien luciendo la retórica típica del líder sindical gritó voz en pecho y casi desgarrando su garganta, al borde del llano, que él amaba a la Pastora, que había trabajado en la fuente de snack del parque, que se sentía orgulloso de apoyar el estadio que disfrutarían sus hijos. El PRI, la putrefacción política de quien mancha las palabras, de quien sonríe y baila tragando mierda. El PRI es un recordatorio permanente de lo que podemos llegar a ser si aprendemos a pactar y a doblar nuestra conciencia.
El Presidente de la Mesa Directiva volvió a amenazarnos con la expulsión. El Coordinador de Seguridad, Fernando Pérez, estaba atrás de nosotros. Yo le pedía de favor que se moviera de mi espalda, que me incomodaba, que se hiciera a los lados. Mientras tanto, tuve una discusión con algunos perredistas que subieran a galería a colgar una manta sobre el espacio que estábamos ocupando. Le pedí de favor que se movieran, que no se colgaran en un movimiento ciudadano apartidista, pero los chicos se negaron. Así fue que bajamos a hablar con el coordinador de pensa, quien nos ignoró. Al subir volvimos a pedirles que se retiraran pero la persona que recibía llamadas que lo hacían gritar consignas me dijo que teníamos las miras muy cortas y que cuánto me pagaban por reventar el movimiento. Me dio risa su pregunta, me pareció una proyección clara de la conciencia de mi interlocutor. Pero no me molesté si quiera en discutir el punto. Simplemente me alejé.
Héctor Gutiérrez de la Garza, pastor del rebaño, propuso al pleno la votación nominal, es decir, que cada uno de los diputados se pusiera de pie para dar su nombre y el sentido de su voto. El gesto fue una probadita de su poder. Obligó a los panistas que tenían la cola entre las patas a que se levantaran frente a nosotros a traicionarnos. El PRI quería verlos así, sumidos, humillados. El espectáculo fue desastroso. Un suicidio en grupo. Los panistas besaron la mano de Gutiérrez de la Garza para luego con la voz muerta decir: “A favor”. Pero a los panistas se les salió un diputado de control: Arturo Benavides, quien con María de los Ángeles, votó en contra, rompiendo el poder del bloque. Evidenciando la cobardía del resto.
Cuando la Secretaria leyó los resultados, con sólo dos votos en contra y una abstención del timorato Homar Almaguer del PT, los priístas se pusieron de pie, a aplaudir. Ese momento pagó todo el esfuerzo de los meses anteriores de lobbying legistlativo, de citas, de esperas, de debates, de manifestaciones, de días largos de trabajo ciudadano, de juntas… mientras el PRI lucía ganador, los panistas se sumían en sus sillas. “¡Aplaudan!”, los instábamos, “¡Únanse a la fiesta del PRI!”, “¿Por qué no festejan?”, pero los panistas se mantenían impávidos en sus asientos. Sin mover si quiera la cabeza.
De camino al Nuevo Brasil, en donde cenamos y brindamos por la ciudadanía que lucha con una cerveza victoria, pensábamos en la política. En la carrera de todas las personas, hay un punto en el camino que se bifurca: formas parte de la corrupción, o no. La corrupción no es sólo recibir dinero, es violentar los principios, es apalear a la conciencia, es obedecer ciegamente, es rajarse por dentro a cambio de favores, es ceder a presiones y también es recibir dinero. Yo, cruzando la Explanda de los Héroes, me dolía con los amigos del duelo personal en el que me encontraba por haber creído en Hernán y en Alfonso. Sentía pena por ellos.
En la cena recuperamos los mejores momentos de la jornada, nos reímos, evaluamos. Nuestro objetivo nunca fue que el Congreso se negara a entregar a FEMSA las 25 hectáreas de espacio público, si así hubiera sido hoy estaríamos todos metidos en cama, envenenados de ira y de frustración. Nuestro objetivo es construir ciudadanía, generar reflexiones, debatir con la élite política, mejorar nuestras prácticas de convievencia social, llamar a cuentas a los representantes, dignificar a la ciudadanía como soberana. Por eso ayer nos sentimos vencedores, por eso ayer dormimos como lirones.
El día de hoy, martes 30 de Marzo, asistimos al Congreso un grupo de más de cincuenta personas con la preocupación de que se probara la cesión en comodato de 25 hectáreas de espacio público a la empresa FEMSA. Estábamos saludándonos apenas cuando vimos pasar al Profesor Jorge Santiago Alanís, del partido Nueva Alianza. Alguien entre nosotros decidió ir a saludarlo, por eso otros más nos acercamos. Entonces fue que le pregunté por qué había permanecido en la “consulta pública” realizada en el Municipio de Guadalupe. Una consulta pública amañada, subrayé, en la que se llevan acarreados y se realizan propaganda abierta al proyecto. En ese momento, el profesor me acusó de faltarle al respeto, cosa que en realidad me sorprendió porque pensé que estábamos –todos- disfrutando la plática. Le pregunté que a qué falta de respeto se refería y me contesto muy orondo que a mi señalamiento de haber permanecido en la consulta. ¡Pero! ¡Eso no es ninguna grosería!, contesté, pero él ya estaba muy molesto. Ya no quería hablar con nosotros, incluso se retiró ante el asombro de todos. Llamarlos a cuentas, entendimos después, es una falta de respeto.
Le ofende que lo llamen a cuentas
Antes de entrar al recinto, el director de Seguridad, don Fernando Pérez, nos dijo que por remodelaciones en la galera no cabíamos todos. ¿Casualidad? Justo el día en el que inician sesiones, falta la mitad de las butacas para los ciudadanos. Una comitiva de integrantes del Colectivo subió a ver cuántos espacios habían disponibles. Regresaron con el reporte de que habían más de 70 butacas. Así fue decidimos entrar. Cabe señalar que en otras ocasiones nos han negado la entrada, sin embargo, gracias a todo un proceso de denuncia ciudadana de actos hostiles se ha conseguido cierta apertura de parte de los elementos de seguridad en el Congreso. Así fue que entramos. La sesión comenzó. Observar a los diputados desde galera es un espectáculo bastante triste. Juegan, chacotean, platican, hacen bulla, nadie está poniendo atención al orador. Levantan su mano automáticamente. No hay oficio legislativo. Es vergonzoso. En determinado momento decidimos reunirnos todos para mostrar a la prensa que cada uno de nosotros traía una hoja con el nombre de uno de los diputados, en total 42. ¡Marcaje personal! Se leía en una pancarta. Las desafortunadas decisiones de Don Fernando generaron un alboroto provocado sólo y exclusivamente por él, quien se negó a que todos los integrantes del colectivo nos reuniéramos del lado derecho de la galera. Así fue como levantando la voz logramos denunciar esta conducta, y por ello se desistió. Esperamos a que terminara una votación para, antes de continuar con el siguiente punto del día de la sesión, gritar: ¡Marcaje personal!, por tres veces. Esto nos valió ser amonestados por el Presidente de la mesa. Minutos después, nos retiramos.
En nuestra ausencia, el diputado Héctor Morales, del PRI, propuso que las reuniones de comisiones en las que se estudie y delibere el dictamen de comodato se realizaran sin la presencia de ciudadanos para garantizar el orden. La votación la ganaron por mayoría.
Fue por eso que el día de hoy, que volvimos a las 16 hrs al Congreso para presenciar la sesión de la Comisión de Desarrollo Urbano y la de Hacienda se nos negó la entrada. Yo, francamente no lo podía creer. ¿Cómo es que los empleados deciden operar a espaldas de sus jefes? No me la creía. En verdad. Sentí una impotencia honda al pensar que diez pisos arriba, rehuyendo a nuestra mirada, los diputados decidirían el destino de un bien público.
Nos enteramos después, al ver bajar al diputado Homar Almaguer, del PT, que la sesión se había declarado en permanente. Entonces fue que lo abordé pidiéndole que se negara a participar en sesiones en las que estuviera prohibida la observación ciudadana. Me tomó del hombro paternalmente para decirme que me calmara, que estuviera tranquila. ¡No me toque!, me dieron ganas de gritarle, pero en lugar de eso, quité su brazo y puse mi mano sobre su saco azul, a la altura de su hombro, igual, con un gesto maternal: “No, sí me preocupo”, le dije. Entonces él me reclamó: “¿por qué desconfían tanto del prójimo?”, apenas creí lo que escuchaba: ¡semejante funcionario chantajeando a la ciudadanía! Le contesté: no desconfío del prójimo, sino de los diputados. Entonces me contestó: “Bienaventurado el que cree sin haber visto, porque de él es el Reino de Dios”, en mi fuero más interno sentía tristeza de entrar en una discusión tan vulgar con quien debiera ser un legislador honorable. Lo paré en seco: ¿Usted es del PT? ¡Claro! Me contestó. Entonces, ¿por qué tanta religiosidad? ¿qué no es Usted un hombre de izquierda? ¿Qué hace refiriendo frases bíblicas en un recinto público y laico? Almaguer dijo que no era una frase religiosa pero no acabo de dar más argumentos pues comenzó a caminar hacia la salida.
El diputado bienaventurado
Al final, nos quedamos algunos integrantes del Colectivo pensando en voz alta, entristecidos de que no pudimos hacer más. Mañana o pasado mañana, o después aprobarán la cesión en comodato de 25 hectáreas de patrimonio público a FEMSA. La verdad estoy muy triste. No puedo ni quiero negarlo. Me entristece mi País, la oscuridad que nos rodea y el egoísmo de la mayoría que no mira más que lo inmediato, lo que come, lo que viste, lo que paga para divertirse. Sobre los diputados no tengo siquiera palabras. Los desconozco como representantes populares. Me avergüenzan.
Nosotros seguiremos en pie de lucha. Iniciaremos los recursos legales necesarios para revocar un decreto ilegal, que considera “utilidad pública” un negocio privado. No señores, podrán ustedes dejarse confundir pero nosotros estamos bien claros: en ese sitio debe haber un bosque.
Mañana estaremos de nuevo a las 10:30 am. en el Congreso. Es triste no esperar nada de los representantes populares. Entristece de veras.
Aquí presentamos argumentos conservacionistas a favor de que el estadio del Club Rayados cambie la ubicación de su proyecto a un espacio que no destruya el último bosque dentro de la mancha urbana. Las luces, el ruido, la basura típica de cualquier estadio terminarán expulsando a las especies que habitan en el bosque, la plancha de cemento secará el río La Silla. En unos años habremos perdido el bosque pero tendremos un gran estadio. ¡Despierten! Podemos tener las dos cosas, podemos garantizar a las próximas generaciones los servicios ambientales que presta La Pastora y también podemos contar con un estadio de talla internacional. Sólo hay que sacar el proyecto de un espacio público verde.
Apelamos a lla responsabilidad social de la empresa FEMSA-HEINEKEN. Demandamos que las autoridades públicas asuman la defensa de este ecosistema.
Nunca va a ser ecológico construir un estadio en una zona de vocación ecológica.
Sobre Avenida Colón escojo un parquímetro frente a un taller mecánico, a unos cuantos pasos de la entrada a la estación del Golfo. A él ataré mi bici. Es un experimento Nunca he dejado mi bici aparcada mientras yo viajo por la ciudad. Casi siempre me espera atada a un poste mientras yo estoy a unos metros de distancia. Por eso elegí el parquímetro frente al taller. Estoy hablando por teléfono con mi colega Arturo, con el celular sobre mi hombro, hago malavares para enroscar mi cadena al cuadro y a la llanta delantera para luego abrazar al parquímetro. En eso aparece un perro en escena. Pudo haber sido un bull dog pero en lugar de eso, era un perro con postura de bull dog y pelo largo, blanco, con motas negras. El perro se me planta. Yo estoy empinada literalmente, amarrando mi bici. El perro me gruñe, yo le digo a Arturo: “espera, un perro me la está haciendo cardiaca”. Pero no se qué hacer: perro contra mujer. No lo voy a amenazar, pienso, ni le voy a hacer un finta de patearlo, no, sólo me le quedo viendo. Cuando creo que nos hemos puesto de acuerdo: -mira, perro, yo nomás quiero dejar aquí mi bici, pero ya me voy- me doy la media vuelta para subir las escaleras del metro. Arrrmm, hinca sus dientes en mi chamorro izquierdo. “Ta, ya me mordió”, mi amigo en el teléfono se apura, piensa que estoy herida. Nos volvemos a encarar. Ahora sí que lo miro con odio. Con odio jarocho. Sigo en la idea de no gritarle, ni mucho menos pegarle. Pero eso sí, lo miro con rabia. El perro me ladra. Me invita a un duelo. Creo que las cosas se están poniendo peor. Mi amigo, como buen reportero, pide noticias. Creo que tengo todas las que perder, además tengo harta prisa. Voy tarde a una cita por la estación Aztlán. Un señor sale del taller. Cubre mi retaguardia en lo que yo me apuro a subir las escaleras.
Voy de observadora de un proyecto francamente encantador. Un grupo de sociólogos jóvenes estimula el juego y la lectura a los niños y niñas de una escuela en la colonia Lomas de Modelo. La escuela está sobre una calle sin pavimentar siquiera. En el salón, pese al frío, algunos niños no traen calcetines. Uno de los juegos que propone Joel para inciar las actividades es cambiarse de mesabanco a la cuenta de tres. Ellos y ellas, discretos, se cercioran de que sus mochilas queden bien cerradas. Me da un poco de tristeza que desconfíen premeditadamente del huésped que por unos minutos ocupe su lugar. Luego Joel nos lee un cuento que nos divierte. Se pasea por las filas asustándonos con gestos que al mismo Tin Tan haría reír. Después de corear juntos Colorín, colorado este cuenta ha terminado, jugamos de nuevo. En medio de la algarabía somos interrumpidos por una mujer que se parece a la ilustración del cuento La peor señora del mundo. Con cierta prepotencia se para frente al grupo para pedir los permisos firmados por los padres de familia para permitir a sus hijos vender boletos para la rifa de un MP4, a cambio de vender toda la planilla, el niño recibe un juego electrónico, la escuela, supuestamente, recibe 300 pesos para sus necesidades. Es decir, que los niños de primaria trabajan para que la escuela tenga un dinerito extra, que seguramente nunca sale de dirección. Los niños entregan 1275 pesos de su vendimia, a cambio reciben un PSS, la directora se clava 300 pesitos y el resto se los queda esa persona astuta, de la Fundación Mesco, que pone a trabajar a los niños para enriquecerse. La peor señora del mundo sale con sus permisos firmados. Yo le pregunto a la directora que dónde está invertido el dinero que los niños le han entregado. Ella sonríe, “es la primera vez que vamos a hacer esto”, “yo no voy a entregarles (a la fundación) su dinero hasta que me den lo que me toca”. Lo que me toca. Lo que me toca. Lo que me toca…
Regreso en el metro. Tomo la bici. No hay perro. Vuelo a comer con mi amigo Víctor. Una tostada de ceviche es suficiente. Me voy masticando el último bocado al Congreso Local, en donde los panistas muestran los resultados de una encuesta que no sirve más que para evidenciar que nadie conoce a cabalidad el proyecto del estadio del Club Rayados. Los noto confundidos. Les hubiera encantado que la consulta les diera alguna posibilidad de maniobra, pero no es así. “Tienen que hacer su chamba, diputados”, les digo al final. Tienen que allegarse de información científica. Su responsabilidad es velar por la ciudad que tendremos en veinte años. El estadio acabaría por secar el río la Silla, qué decir del destino de un bosque rico en flora y fauna. Casi al despedirnos, Alfonso Robledo me pregunta que cómo le hago para andar en bici cuando llueve. Muy oronda le digo, “pues ahorita no llueve”.
Me empapo. Voy a trabajar un comunicado y a entrevistarme con otra colega en el Starbucks de Constitución. Llego echa una sopa. En el camino, pedaleando, me encuentro a tres amigos. Por fortuna me topo a Churros, quien desde su carro rojo me ofrece diseñar el logo de nuestra campaña “Sí al estadio, pero en otro lado”, estupendo.
Antes de que oscurezca cierro mi compu. Debo volar a mi clase de inglés. Está lloviendo. El asiento de mi bici está empapado. Aún así lo monto, ¿qué podría hacer? Mientras pedaleo los autos me salpican de agua lodosa. Llego con el pantalón enlodado. Doy pena. Pero mi orgullo está intacto, así que me presento a mi salón de clases a iniciar mi curso. El profesor aparece. Se presenta como Engineer. Insiste en que le llamemos así, sobre todo en los pasillos de la escuela porque, dice, es importante mantener la distancia de autoridad. Yo no me la creo. Lo siguiente es escucharlo hablar de sí mismo larga y abundamentemente. Así pudimos saber que tiene dos títulos académicos, que es doctor en nanotecnología por Princeton, que fue traductor de la ONU, que fue militar, que estuvo en Irak, que lo que más le gusta de México son los gansitos, que estuvo a punto de ser cura, que tiene tres tatuajes, que viva George Bush. Yo, con mi trasero empapatado y mis botas chorreantes, quiero salir de ese salón. No soporto escuchar las cosas que dice este profesor. Su discruso es un hilo conocido, del que sólo cuelgan prejuicios raciales, de género, culturales. El resto de la clase es escucharlo regañarnos -a nosotros, mexicanos- por ser tan agachones, tan mentirosos, tan tramposos. No lo aguanto. No puedo más. Me siento mal por ser tan intolerante. Me preocupo. Lo peor es que muerdo el último anzuelo que lanza y soy presa de un acto que hoy me avergüenza. Nos echa en cara que no somos exigentes con nuestros profesores, lo interrumpo. Le digo que yo sí lo soy: que quisiera volver a la universidad para decirle a uno de mis profesores que dejara de hablar de sí mismo y que su clase era aburrida . El profesor me mira impávido. Baja su mirada y dice en inglés: “página 165, de tarea”. Cierra el libro, nos despacha 15 minutos antes de la hora. Insiste en que le llamemos Engineer, yo le digo que no comprendo por qué. Lo repite. Al final mi ego es nuevamente atrapado en una red: ” si yo tengo que llamarlo así, entonces usted llámeme Licenciada”. Hoy tengo esa tristeza extraña, como cruda, de haber entrado en una discusión por el sólo hecho de ver amenazado mi confort ideológico. Lo comparto como una confesión. Así no me gusto.