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La reinvención deseada

23 may

Sobre la Marcha contra la Manipulación Mediática en Monterrey

Cuando más sentimental me pongo creo que, si existe, la democracia son instantes que atesoramos en vida y que nos hacen sentir orgullosos integrantes de una comunidad.  Paradójicamente, la democracia no habita en los edificios que le hemos construido, sino que aparece en gratísimos momentos sociales en los que sentimos estar conectados, como un organismo vibrante. En los últimos años en Monterrey, he experimentado muchos más “momentos democráticos” de los que cualquier regiomontana conectada a la televisión podría siquiera imaginar. Soy, digamos, un escándalo en esta sociedad aterrorizada porque, a diferencia de muchos, atesoro evidencia de una transformación cultural y sin retorno.  Esta postal que hoy comparto es del sábado 19 de Mayo, la tarde de la primera protesta 2.0 en Monterrey, cuando gritamos a una sola voz: “¡No tenemos miedo, tenemos memoria!”; “La televisión oculta información!”; “¡Despierta Monterrey!”; “¡Ni un voto al PRI!”.

Fui a la Marcha porque quiero formar parte de la generación de ciudadanos que está tratando de impedir la imposición del PRI por la vía del derroche de recursos públicos, la manipulación mediática y, lo sospecho,  el patrocinio de corporaciones ligadas al crimen organizado. Salimos a denunciarlo públicamente porque no hay autoridad que medie. El IFE ha demostrado tener sólo la capacidad para organizar los comicios pero es incapaz de poner orden en las campañas. Quién entonces sino nosotros para denunciar la burla a los topes de campaña, la credencialización con beneficios, la coacción del voto, la cargada de Televisa, Milenio y TvAzteca, los acarreos, el deplorable nivel de las campañas, las encuestas amañadas.

Salimos a las calles a exigir que la televisión saque las manos del proceso electoral. Su deliberado engaño y su altanería provocaron este movimiento. Sucede con muchos movimientos sociales que en su deseo de caer simpáticos a los medios pierden verosimilitud y criticidad, pero esta protesta nació distinta. No tememos molestar a Televisa, tememos a su frivolidad y codicia.  Esta fue una manifestación de independencia informativa. Nos hemos independizado de la tele. Fuimos un contingente inédito que se quejaba del cerco informativo impuesto, generando su propio contenido. Nada más coherente que gritar “¡la televisión oculta información!” con la cámara grabando. Somos nuestro propio medio de información.

Fuimos también el primer contingente de “amigos de FaceBook” que salió de casa para protestar en una plaza pública.  Para la mayoría de los participantes de la Marcha, la próxima será su primera elección presidencial, tal como seguramente fue su primer protesta. La ambigua convocatoria salida de “redes sociales”, así como la ausencia de activistas con trayectoria en la Ciudad, generó una suerte de orfandad que a la postre se convirtió en una sensación de mucha libertad, una declaración de mutua confianza y una muy agradable autorregulación. Todos nos cuidábamos y nos vigilábamos unos a otros, como un pueblo cuya autoridad es su propia suma de voluntades. Cada participante asistió decidido a llenar de motivos y de significados su Marcha.  Creo que éramos un contingente de buenas personas porque supimos confiar en el otro. “Dar por sentada la inteligencia mutua es creer en la amistad”, escribió Santayana, en Tres poetas filósofos.

Pasamos de la resignación pasiva a la indignación competente.  No se trata de sacar de nuevo los palos y las piedras, se trata de exhibir la descomposición, de compartir información, de alertar con fundamentos. Mientras este movimiento se mantenga horizontal, pacífico, creativo e informado seguiré creyendo que la reinvención mexicana, que no saldrá en la televisión, ha comenzado.

Adendum: No deseo dar dobles mensajes: yo ya no creo que de la punta de la pirámide depende mayor cosa. Un día desperté del sueño de la representación. Nadie me va a representar mejor que yo misma. Nadie te va a representar a ti mejor que tú mismx.  La estructura de representación es un cuento  para ingenuos y para quienes quieren seguir endilgando responsabilidades a Dios y a los santos por la vida que tenemos. La representación “democrática” engendra gobiernos de impostores que deciden de acuerdo a sus intereses o a los intereses privados que representan. Aunque ha demostrado su fracaso, la representación cuenta con demasiada publicidad para legitimarse.  Si participé en esta marcha que además de exigir ética en la información se manifestó  anti#PRI no es porque crea que el PAN o el PRD, o cualquiera de las otras pequeñas mafias sea mucho mejor. Creo que todavía no hay partido que se compare con la putrefacción acumulada de los años que tiene el PRI, pero esto es sólo cuestión de edad y de poder acumulado. No hay un solo partido que merezca mi confianza, por eso votaré bajo protesta el 1 de Julio pues ninguno merece las prerrogativas que con mi voto obtendrán. Votaré por Andrés Manuel López Obrador, porque es el líder de un movimiento social que ha superado los linderos morales de los partidos políticos que lo representan. Pero no tengo mayor ilusión en un “cambio de jinete” si no sucede a la par, antes o después, una renovación cultural. Por eso, si alguna revolución está comenzando, es la revolución cultural del velo caído.  Una vez que advirtamos la artificialidad del sistema que hoy nos gobierna, caeremos en cuenta de las posibilidades reales de reinventarlo.

ximenaperedo@gmail.com

Los animales

13 may

I

Últimamente siento que los animales se comunican conmigo.  Es una sensación muy extraña pero no desagradable, más bien es dulce. No es que me digan cosas o me pidan croquetas, esto es mucho más sutil. Ahora los siento vivos. Su presencia llena las atmósferas ¿no está increíble la araña? que antes no sabía compartir. Los animales son el cruce de la energía magnífica y del misterio. Son milagro, como nosotros. Pero esto lo reconozco desde hace muy poco tiempo.  Me pregunto qué me sucedió que ahora disfruto tanto encontrarme con ellos en la calle, en el Cielo, en el piso de mi casa, acostadas panza arriba sobre el sillón. 

Estoy aprendiendo a contemplarlos. Antes los veía, como veo las fotografías de enfrente en la pared, o el teléfono y la taza de café a mi lado.  Ahora los siento respirar, los veo concentrarse o gozar del sol y de la brisa.  Me alegra mucho encontrarlos, son un consuelo a la angustia que carga mi cuerpo.

Elida Yolanda, comunícate

11 may
¡Élida! ¡Al fin!

¡Élida! ¡Al fin!

Cuando suena el teléfono de casa pienso en las posibilidades de que sea mi mamá, de que sea mi amiga veracruzana, de que sea mi amigo Víctor. El teléfono timbra mientras yo repaso mi mala suerte sin poner mi cuerpo en marcha hacia el aparato. Salvo ellos, nadie más llama a casa, sino los cobradores de Elida Yolanda Sánchez, que me hostigan. Yo no soy Élida Yolanda, señorita. Yo no soy Elida Yolanda. No lo soy. Pero son tantas las llamadas, es tanta la insistencia que el día de hoy, al colgar el teléfono de golpe, indignada ante la mujer que del otro lado de la línea me amenazaba, pensé que quizá era tiempo de aceptar a Élida en casa. Apurarme por sus deudas. Preguntar cuánto había gastado, qué compró, ¿por qué tan caro? Tomar los reportes. Anotarlos en una libreta, la libreta de sus recados. Aceptarla como uno de los frutos que arroja la vida al cuenco de nuestras manos. Porque no está bien pasar desapercibido que entre todas las combinaciones telefónicas de la ciudad, Élida elija siempre la misma, la mía, la nuestra, debo decir desde ahora.

Pero algún día, la curiosidad o la culpa, quién sabe, le hará marcar los números que ofrece como barajas a los usureros. Entonces hablaremos ella y yo. Le diré resuelta, como si su voz la conociera de hace tiempo: Élida, querida amiga, que tu ánimo de defraudadora no decaiga. Engáñalos a todos. Yo seguiré contestando por ti a tus deudores porque, sabes, he cambiando la angustia por la alegría. Cada que te niego te imagino, Élida, galopando lejos, gozando fugitiva tus estafas.

Los militares en domingo

8 ago

Venía yo de correr en Fundidora, y me dirigía a mi casa, en bici. Como era domingo muy temprano no había casi carros en las calles, por eso decidí, irresponsablemente –y qué- dejarme los audífonos y no interrumpir el concierto de Daft Punk. Era la única persona que esperaba el verde sobre Isaac Garza para cruzar Félix U. Gómez. Sin estar bailando, marcaba el ritmo de la música. Pensaba en lo lindo que es comenzar los domingos así, andando en bici mientras la ciudad descansa y repone energías. El  sol estaba oculto entre las nubes y cierta brisa fresca, como de madrugada, se paseaba aprovechando que se podía jugar en las calles.  En eso fue que vi venir del Sur una camioneta llena de militares. Ah, los militares en domingo, pensé yo. No van.  ¿Qué hacen en esta mañana los militares/ qué hacen perturbando el sueño de nuestras calles? Nos cruzaríamos en segundos.  Ellos iban hacia el Norte y yo hacia el Oriente, el cruce de nuestros caminos era una analogía inmejorable. Porque yo no siento ir en un camino opuesto al suyo, sino alternativo. Pero en fin, pensaba yo todo esto cuando de pronto, al cruzar justo enfrente de mi, los cinco militares cubiertos de su rostro, con sus armas a su lado levantaron su pulgar y me saludaron, puedo decir que contentos. Los soldados se alegraron conmigo, por mi domingo, porque alguien, yo, medio bailaba mientras esperaba el verde. Absolutamente confundida levanté también mi pulgar, y sonreí. Luego mi semáforo se puso en verde y crucé pensando en ellos.  Talvez  hubieran querido bajar de esa camioneta para salir a disfrutar un domingo, una mañana nomás. Iríamos juntos y yo les compartiría la ciudad mía, la hermosa Ciudad oculta en los bolsillos del vendedor de tacos que pasa todos los días pregonando por mi calle. Los llevaría al parque, a descansar, a ver jugar a los perros. Les presentaría a Beto, a Nina y a Rubén, los tenderos de la esquina. Invitaría a mis amigos. Pasearíamos en palomilla por la Ciudad, contemplando las casas bonitas, con sus helechos y sus flores rebosantes. Al final tomaríamos una cervecita y brindaríamos por las veces en que los viajes se cruzan y en la coincidencia nos encontramos. Ese punto es el paraíso que nos queda.

El protagonista no consigue morir

28 jul

Mis amigos me escuchaban y yo manoteaba algo en el aire, pero cuando pasó en su bici don Fermín quedé enmudecida. Me zarandearon de los brazos para hacerme regresar a la banqueta a terminar mi historia, pero fue inútil. Corrí tras él. Alguna nueva ilusión lo transportaba por la noche, como si de su ombligo naciera un cordón que lo jalaba hacia su fin. No parpadeaba. Recién peinado y con su pañoleta verde al cuello Fermín acariciaba una esperanza. Tal vez hoy. Tal vez hoy. No sin pena, aporreé con mis huaraches pesados casi todo lo largo de la tétrica calle Álvaro Obregón, flanqueada por árboles negros que en su punto más alto formaban una bóveda viviente.  Alcancé al cobrador de abonos en la esquina con Isaac Garza, frente al bar La Pirámide a la hora en que una mujer cantaba desesperadamente La negra flor, de Radiofutura. En ese cruce abordé su viaje. Arremangó su pantalón en la pierna derecha y pude ver su chamorro de mármol, blanco y terso. Sus manos impecables se asían al manubrio de esa bici balona, de las clásicas, cuyo diseño obliga a la velocidad modesta, a un pedaleo concentrado y a conservar la espalda erguida, lo que reviste a sus conductores de dignidad.   Hay que decir que Fermín olía a lavanda y que en la memoria de sus labios llevaba una canción que nunca terminaba de tararear.  Ay, don Fermín, si al fin hoy usted consiguiera morirse, pensé, mientras abrazaba su cintura y escondía mi rostro en su espalda para defenderme de los suaves embates de sus canas.

Fermín temía que un pantera enferma apareciera cualquier mañana en su patio trasero, acicalándose y mirándolo de reojo.  Si su muerte no llegaba pronto, la pantera iría tomando posesión de su casa, hasta doblarlo de dolor.  Si uno es dueño de su vida, debe decidir cuándo terminarla, comentaba a sus clientes cuando éstos intentaban disuadirlo de pensamientos tan macabros.  Luego venía la penosa intervención del cobrador, oficio que don Fermín realizaba sin exceso de palabras y con suavidad. Guardando las monedas en un sobre, ya montado en su bicicleta, los deudores lo observan confundidos, dudando si el viejo habría sido capaz de hipnotizarlos porque, francamente, no tenían intención de abonar.

Tomamos la calle que cruza los dos parques más románticos de la Ciudad, Isaac Garza. Ningún amante levantó su cabeza para vernos pasar. Tan silencioso vas, Fermín, que tus deudores no alcanzan a cerrar las ventanas. Pero la muerte tampoco escucha que la llamas. Sin verlo de frente le dije quedito que sus arrugas me parecían los rayos de ese sol que era su rostro.  La fuerza de mi verso surcó su piel.  Cruzábamos el barrio del mesón Estrella.  Dos perros lamían de la banqueta los jugos que escurrían por debajo de la cortina metálica de un local. Afuera del Chac Mol, un grupo de cuerpos flacos, sedientos, esperan a que el dueño los reconociera y los dejara pasar. No hay nada más certero que un mercado cerrado. Son tan claras sus ausencias que me da por temer que no amanezca y que no vuelva a montarse ahí el tío vivo de la batalla diaria. Don Fermín va pensando en la hija del juguero gordo. Es un buen trato, piensa al pasar por la cantina “El catarrito”, que tiene un cuarto que sólo los parroquianos asiduos conocen. Por desgracia hoy viernes la chica no tiene deudas que saldar, suspira Fermín contra mi pecho, ufano en sus recuerdos pues cree ser quien estrena la corsetería que Malenita va pagando como va pudiendo.

Nos detenemos.  Fermín amarra su bici al poste de la esquina. Con su paliacate seca sus sienes, luego lo sacude y lo vuelve a anudar a su garganta. Eres guapo, le digo dando unos pasos hacia atrás, revisándolo de pies a cabeza.  Al caminar conserva el ritmo de su pedaleo, quiero reírme pero no lo hago

Hemos llegado a los mariscos Charly´s en Ruperto Martínez, casi esquina con Venustiano Carranza, muy cerca de los panteones. El lugar tiene fama de intoxicar hasta a los gatos, pero don Fermín está dispuesto a morir; verse la muerte es uno de sus anhelos más acariciados. Morir por una mujer es la mejor carta de presentación en el infierno, dijo alguna vez con su cerveza al aire, aprovechando desde la barra un silencio general en la cantina. Todos en la marisquería, y los vecinos de esa esquina que lo conocen de todos los viernes, saben que el viejo va a visitar a Celia, la mesera, que lo saluda desde la ventana de la cocina con un guiño de ojo. La historia comienza a entusiasmarme. Ahora sé que Fermín está buscando una muerte, no exige sabores de victoria, sino una muerte que pueda paladear. Teme ser sorprendido y no ser cortésmente invitado. Besar la mano huesuda y partir en su bicicleta, morir erguido, recién peinado, es el último de sus anhelos. Don Fermín pasa al baño y de pronto, todo cambia, la historia que me planteaba se dobla y se desdobla siendo otra, porque Celia se ríe con la cocinera y  yo sospecho que se burlan del viejo Fermín. La cocinera le desabrocha a Celia el último botón de su blusa para reírse tapándose los dientes, en una carcajada que me hiere.   El giro de esta trama me indigesta. Por eso decido que Celia termine llorando.  Ahora reír, llorar después, amenazaba mi abuela a mis primas. Sale el caballero de la puerta metálica y camina lenta pero contundentemente hacia su mesa de siempre. Parece que se dirige a sacar a bailar a una dama. Celia camina detrás de él. Piruja, le digo mientras la veo limpiar con su trapo sucio la mesa.  Fermín piensa si en el último de sus días morirá con las uñas sucias de Celia encajadas a su camisa.

Don Fermín la saluda sorprendido, como si no la hubiera visto aventar su trapo a la mesa, ni sintiera repulsión al color amarillento, de aceite quemado, que recubre cada rincón de ese lugar. Ella pasea el percudido paño mientras se abotona con la mano izquierda el botón de su blusa. La alarma de un auto que no ha dejado de sonar desde que llegamos es suprimida por las primeras notas de Abeja Reina que retumba para consentir al único cliente de esa noche. Celia regresa a la cocina con la comanda en la boca, jugando con su amiga, que la espera con los dedos grasosos extendidos.  Pulpo a la diabla, lee Carmela, levanta los hombros y saca del refrigerador un puñado de camarones pegajosos. Don Fermín espera su cerveza revisando cuentas pendientes. Es la historia de su vida. Anota series de números y fechas, acompañadas de palabras ilegibles. Celia posa la cerveza frente a él, sacude su melena y espera a que el comensal de algún acuse de recibo.  Yo todavía no sé cómo hacerla sufrir. Piruja, le digo otra vez, mientras veo cómo pone su pie desnudo sobre el empeine del otro,  dejando una chancla libre bajo la mesa.

¿Cuánto dinero le deben, Fermín? Pregunta la mesera con sorna. Don Fermín clava sus ojos en el techo y murmura una serie de números que parece estar sumando: según mis cálculos, ahora que me paguen todo los que me deben, querrás casarte conmigo. Celia echa su carcajada hacia atrás y regresa a la cocina moviendo exageradamente su cadera, adivinando en qué curva está detenido don Fermín. Recoge de la barra un plato de arroz con camarones y regresa cantando desayunas caviar, con champagne todas las mañanas pensando, como siempre que escucha esa canción, que el caviar debe ser un pan dulce con mucha mantequilla. Mientras Celia  coloca el plato y el tenedor, Fermín pone sus manos sobre el lomo de la mesa y la mira trabajar. No agradece, al contrario, la mira buscando sus ojos, pero ella finge estar entretenida en atenderlo. Ahora que la canción termina, Fermín le toma una mano y sin hablarle, le pregunta.  Celia no quiere contestar. Sabe que se comprometió, pero le horroriza que alguien la necesite de esa manera. El silencio que ambos levantan, me deja fuera. Discuten: él con un gesto que raya en el chantaje, ella con una sonrisa falsa, que oculta el temor que le infundan esos ojos grisáceos, que subrayan: como me ves te verás. El viejo decide soltarla y regresar a su papel de comensal. Ella agradece la tregua y acerca el servilletero. La escena es tan doméstica que me los imagino en la cama, y me parece que contra algunas apuestas, a ella le iría mejor, pues don Fermín come despacio y mastica bien.

No termina su plato, escoge en su billetera dos billetes y los deja debajo del salero. Por primera vez su ceño se frunce, alguna tristeza lo ha mordido. Pienso que se trata del desprecio de la muerte, que no lo corteja, ni escribe en las palmas de sus manos acertijos. Celia lo despide a lo lejos, mientras barre los baños. Él contesta con una mueca de caballerosidad desganada. No entiendo por qué salimos así, con el plato a medio terminar, la cerveza todavía fría y la rokola tocando gratis y, todavía peor, sin que mi pluma haya podido hacer llorar a Celia. Ni Fermín encontró lo que buscaba, ni yo logré recuperar el control del cuento. Por eso es que salimos con los labios sellados.  No pude hacerla llorar, me recrimino. A penas voy a borrarlo casi todo, cuando la veo con el mentón recargado sobre el mango de la escoba derramando lágrimas calladas. Ya sólo tengo que agregar que llora por él, mientras busca en las bolsas de su mandil el frasquito que debió rociar en su comida.

Nadar

25 jul

Abuelo me sumergió en el mar verde de Campeche. No sentí miedo, abuelito, le dije al volver, llena de sal. Lo siguiente fue soltarme de sus brazos. Levantar los talones.  Tragar mar, volverme mar. Salir de entre sus olas convertida en gaviota.

Mi abuelo a la distancia, me sonríe.

Chevy Pepsi 5280

16 jul

Personajes como Chevy Pepsi 5280 son más exitosos de lo que cualquiera podría pensar. Cada claxonazo que pegan es una oportunidad real de ligue. Esto sólo lo acepté cuando un amigo me contó cuántos acostones conseguía tan sólo por arrimar la carrocería de su auto a la banqueta y sonreír a la muchacha en turno.  Por eso, cuando me tocó ir detrás de Chevy me entusiasmó la posibilidad de ser testigo de su éxito, como de hecho ocurrirá. Ambos doblamos en Cuauhtémoc a la derecha, para tomar Espinosa. Y ahí íbamos los dos, él a la caza y yo como observadora participante. La mayoría de las chicas ni siquiera volteaban, muy pocas se molestaban –una en el cruce con Galeana le pintó un dedo- pero ninguna aceptaba la bocina del Chevy como un buen piropo.  Me aburrió tanto fracaso derramado impunemente. Decidí cargarme a la izquierda para rebasarlo y seguir mi rumbo. No se me ocurrió pensar que Chevy Pepsi 5280 hubiera detectado mi intención de seguirlo y que esto fuera entendido como una insinuación clara.

Por eso cuando pasé a su lado, Chevy decidió seguirme. Traté de cambiarme de carril para aclarar las cosas pero esto lo entendió como un juego seductor entre su defensa y la mía. Acelerar resultó peor idea. Intentaba no verlo por el espejo retrovisor pero era casi inevitable. Estaba tan cerca que parecía estar sentado en el asiento trasero de mi Shadow. Así vi sus lentes oscuros, su cabello corto y detenido con gel, su nariz retorcida y su piel morena, morena húmeda, Chevy me sonreía. A mi se me olvidó para dónde iba y sin darme cuenta llegué a la Colonia Obrera. Para evitar meterme en la Avenida Miguel Alemán comencé a zigzaguear, lo que mi zorro cazador advirtió como el fin de un juego y el inicio de otro. Aprovechó un alto para emparejarse y decir sin rodeos: conozco un lugar. Yo me quedé pasmada. No supe contestar. Entonces Chevy arremetió: pero vamos rápido porque tengo varias supervisiones pendientes.

Fuimos.  Ay, de la que me hubiera perdido si en algún arranque meto reversa en vez de primera.

Home interiors

15 jul

A ella nadie la invita. Nació para codiciar.  Lo que otros saborean, ella lo observa a través de un ventanal. Así la conocí. Todavía sin nombre, ni historia, escondida en los gruesos muros de sillar de la casa de la esquina, ella, -bauticémosla ya-, se rascaba las muñecas frenética, una contra otra, con las uñas, frotándolas en sus costados mientras observaba con grave atención lo que sucedía sobre la calle Espinosa, a la altura de Miguel Nieto: una mujer, cuya presencia recordaba al aroma de un irritante perfume dominical, recogía del asiento trasero de la camioneta a su bebe. El papá, aturdido por el futuro que cayó tan repente, esforzado en parecer adulto, se revisa de pies a cabeza mientras espera que su esposa y su pequeña hija suban con él a la banqueta para tocar el timbre de la casa de sus padres. Ella, la que mira desde su escondite, mendiga un pedacito de él. Acaso quiere verle triste y defraudado, pero en lugar de eso observa cómo abraza a su mujer por la cintura. Olguita, como habremos de llamarla, y Romualdo, su ex vecino,  se conocen desde hace más de treinta años. Crecieron en la misma calle. Ella se enamoró de él casi inmediatamente, por eso su rostro está invadido de vitiligo y al ver el cursi recibimiento de los abuelos al bebé es presa de un ataque de comezón en sus muñecas.

La puerta se cierra. Adentro seguramente nuera y suegra platican de los avatares de la maternidad, y el padre y el hijo caminan sin detenerse hasta el cuarto de tele.

Olga, sin embargo, no deja su parapeto. Yo me inconformo.  Me molesta verla ahí, detenida. Husmeando en las ventanas. Suplicando un poquito de algo, lo que sea, para bordar y desbordar sobre él toda la semana, esperando el próximo domingo.   Por eso intervine. Olguita no se daba cuenta que yo me acercaba a ella. Pudo haber pensado que pasaría por ahí, caminando por Miguel Nieto, hacia La Purísima, pero me detuve a verla. Cachetes y pechos grandes y colgados, pestañas de aguacero, blanca de tez con manchas rosadas. Dedos regordetes. Ojitos de sabueso. Estaba tan aturdida con lo que suponía estaba sucediendo en la casa de sus vecinos, que no quiso siquiera perder tiempo en moverse de la banqueta para dejarme pasar. Con permiso, le dije. Ella sin descongelar su rostro, movió sus pies poco a poco. Viendo sus mocasines deformados por unos pies hinchados, fue que advertí que la historia era cada vez más difícil de sostener.

¿Le sucede algo, señorita?, ¿puedo ayudarla? Pareció que por primera vez percibía mi cuerpo cuando ya llevaba yo un par de minutos pidiendo audiencia. ¿Usted conoce a la señora González? Me preguntó. ¿La del bebé? No, la abuela. No, no la conozco. No se preocupe, me dijo cerrando el breve voleo. No tuve más remedio que desaparecer. Unos pasos adelante, volteé pero ya no estaba en su esquina. Olguita caminaba apresuradamente hacia la casa de sus vecinos, pero ya no quise regresar a ver en qué paraba la cosa.

Al principio llamé sólo a los vagones del despecho y la envidia. Olguita quería llamar la atención de alguna manera en pleno domingo familiar, quería que Romualdo se sintiera incómodo, que recordara las promesas detrás del frondoso ficus que ha sobrevivido todos estos años en un clima tan ajeno. Pero luego rectifiqué. También querría cobrarle a su esposa por las velas aromáticas que el domingo pasado la obligó a comprar. Olguita vende productos Home Interiors y se reúne con catorce señoras los martes a levantar pedido y los viernes a entregarlo. El domingo pasado abordó a las visitas de sus vecinos con estas velas que Brenda creyó regalo, por eso las tomó en sus manos. Luego Olguita le dijo el precio y terminó el negocio diciendo que por el dinero no se preocupara, que el próximo domingo se las cobraba. Por eso estaba ahí, esperando el silbatazo de salida para correr a interceptar a los dueños de esa camioneta guinda.

O tal vez Olguita y la Señora González estén enamoradas. Esa sería otra historia.

Sarahí, mi amor

2 jul

Me la encontré caminando por la Avenida Cuauhtémoc, entre la calle Hidalgo y Ocampo. El contraste de su melena roja casi rosa mexicano contra la barda metálica me distrajo y,  como sucede cuando toca, nuestras miradas se cruzaron.  Aunque en ese momento no pude aceptarlo, segundos después, mientras la miraba sacar su espejo de bolsillo supe que la había encontrado. El camión se alejaba pero yo todavía llevaba la fotografía de su rostro en la mano. Nítida. Sus cejas tan recortadas como dos hilos violetas. Sombras azules, rubor rosado, pómulos hundidos, ojos pequeños y afilados: la hija de Lin May. También podría tratarse de un hombre, rebatí. Por supuesto, dije regresando mi vista al frente, mientras recordaba su figura por detrás, esbelta de piernas largas y redondas caderas. Podría haber sido un hombre que la gente un día dejó de llamar Moisés. Esta posibilidad me desanimó un poco pues tendría que regresar al principio de la historia, soltar amarras y esperar un rato en el pórtico de casa, padeciendo calores y sequedades. Por eso, al subir por la calle 2 de Abril decidí que ella nunca fue Moisés, sino Sarahí. Me llamo Sarahí, mucho gusto, saludaba mientras enseñaba sus dientes desengarzados.

Lalo trabajaba en el taller mecánico al que fueron a parar los restos del Chevy 98 en el que murió Evaristo. Yo caminaba por la calle Tapia hacia el oriente, a la altura de la calle Héroes del 47. Todas las mañanas tomaba en esa misma acera mi camión. Evaristo me saludaba de lejos, a veces con un ligero movimiento de cabeza pero siempre pendiente de los personajes de la banqueta.  Ese día esperaba yo mi camión como todas las mañanas, cuando la vi aparecer en la esquina de Julián Villarreal con Tapia. Era ella, pero sin maquillaje y con el cabello recogido. Se parecía menos a Lin May. Volteaba con desesperación hacia atrás para asegurarse de no tener que correr detrás de su camión. Yo sonreía, visiblemente sorprendido por este segundo encuentro con Sarahí. Metros antes de pararse junto a mi, segundos antes de limpiarse el sudor a mi lado para provocar una plática informal la vi desvanecerse frente al portón abierto del taller. No puedo borrar de mi mente la imagen de su caída, inesperada para todos. Parecía como si hubiese sido alcanzada en su costado derecho por una puñalada, por un disparo, por un choque eléctrico. La chica cayó y rodó un poco por la rampa de la banqueta. Su cabeza rozó el pavimento de la calle. Mucho antes que Lalo llegué yo. Me paré con los brazos en alto para llamar la atención de un auto que frenó unos centímetros antes de impactarme. Con el carro detenido, me hinqué a su lado para ver, desde el piso, cómo Lalo la cargaba en vilo, provocando en ella un enojo que la llevó de la agonía al mayor vigor jamás imaginado a las siete y media de la mañana.  Con las manos en jarras observé la discusión entre Sarahí y Lalo, hasta que vi pasar mi camión y no supe más que correr detrás de él.

Ya sentado, con mi boleto en la mano, sumé los números de mi folio que por primera vez sumaron 21.

A la mañana siguiente, pasé más temprano que de costumbre por el taller. Lalo me esperaba, o al menos esa fue la impresión que me dio cuando me lo encontré recargado sobre la barda del negocio, fumando un cigarro. Aquél fue nuestro primer saludo formal. Le pregunté por la chica, él levantó sus hombros fingiendo desgano por el tema, pero algo me dijo que mi anzuelo había ganchado a uno de esos peces mañosos que no jalan a la primera. ¿La conoces?, pregunté sin rodeos. Él lanzó una bocanada larga, sin mirarme. No la había reconocido, me dijo con sequedad, y arrojó la colilla a una mancha de aceite dando por terminada la plática. ¿Cómo se llama?, reviré. Se llama Sarahí pero aquí nunca la volverás a ver.

Camino al trabajo fui descartando versiones. Pasé de un viejo romance entre el mecánico y la chica hasta una rencilla familiar. Nunca imaginé que aquel chevy 98 removería tantos recuerdos en Sarahí hasta voltearla literalmente de cabeza. En ese carro Sarahí había cantado las baladas más populares de la radio, y también había hecho el amor al menos unas cinco veces, sobre todo a finales de mes, cuando no había dinero para más comodidad. Decir que un día antes de su boda Evaristo tuvo el accidente sería demasiado melodramático, lo descarté; sería mejor contar que la tarde del accidente, Sarahí puso sobre el mantel aterciopelado de Lucha los 200 pesos que costaba regresarlo a sus brazos. Esto a nadie se lo contó. Al enterarse que el embrujo había salido fatal, no volvió jamás con Lucha y no asistió al funeral ni apareció en casa de la mamá de Tito. Simplemente se resignó a la idea de que Evaristo terminó con ella para siempre. Por eso, al ver los restos del automóvil el recuerdo la mordió a la altura del hígado y cayó al piso fulminada.

No era para menos, pensé al día siguiente cuando vi que el carrito estaba más destrozado de lo que yo recordaba. Sólo la cajuela se salvó.

Después de saber lo que Sarahí le había hecho al pobre de Evaristo, perdí interés en seguir su historia. De no habérmela encontrado al poco tiempo hubiera dejado aquí la trama, sin embargo, como pocas veces sucede en la vida de un hombre como yo, la suerte trepó a mis hombros desde que salí de casa aquella mañana caliente y pisé una gigantesca goma de mascar. Hablo de fortuna porque a unos pasos del chicle encontré un tenedor. Mientras raspaba con los cuatro trinches la plasta rosácea de mi suela pensé en la suerte como un asunto de voluntad personal. El que un tenedor de metal estuviera tirado en la banqueta no podía llamarse suerte. La suerte era que yo lo necesitara en ese preciso instante.  Todas estas ideas se dispararon hacia fuera de mi cabeza cuando la vi caminar hacia mi. Tenía media cuadra para decidir cómo llamar su atención sin parecerle impertinente. Llevaba puesto un vestido amarillo y sendos tacones negros, bolsa color café. El cabello suelto, como aquella primera vez en que la vi caminar lentamente mientras verificaba algo en su rostro, frente a su espejo. “Sarahí”, la llamé. Ella no se detuvo y siguió andando, dejándome encapsulado en el aroma de su perfume. “¡Sarahí, mi amor!”, grité con los pies juntos y los brazos pegados a mis costados. Pero ella no quiso voltear.

La misteriosa calca del Censo

25 jun

La semana pasada descubrí en el medidor de luz de mi casa el engomado de “censada”. Nos sorprendió el hecho pues nadie nos había entrevistado pero dejamos pasar algunos días… el martes, sin embargo, llamé a la línea 800 del Censo para reportar el hecho. Describí la calcomanía y la voz en el teléfono me dijo que efectivamente se trataba del engomado con el que se sellan las entrevistas.  Quizá para contentarme me dijo que seguro alguien sería sancionado, a lo que yo contesté inmediatamente que casi siempre que suceden estas cosas es porque los jefes exigen demasiado a los entrevistadores. Que lo exprimen con tal de enseñar números fantásticos y que más bien me interesaba hablar con la persona encargada de mi manzana.

Pasaron tres días y hoy por la mañana mientras veía el acalorado juego de Brasil-Portugal sonó el timbre. Era él, con su gorrita y su mochila. Al abrir la puerta lo recibí con la pregunta de la semana: ¿por qué pegaste el engomado de “censada” sin habernos entrevistado? El chico me puso cara de ¡qué tal, la loca de la casa! y levantando sus hombros dijo muy quitado de la pena: ¿cuál engomado?/ ¿Cómo que cuál? ¡Este! dije buscando con mi tacto la calca del medidor y ¡Oh! ¡había sido arrancada! De hecho se notaban los últimos arañazos… ¿La quitaste?/ ¿quién la quitó?/ ¡esto es una burla! … y en fin, en el primer tiempo me arranqué los pelos, me puse furibunda y entré a casa verde del enojo…

A los dos minutos salí con mi cámara a tomarle foto a los restos del engomado e Ignacio seguía ahí. Volvimos a hablar, yo ya más tranquila, le dije hubiera entendido todo si me explicara las razones para falsear información, pero que al quitar la calca había roto por completo esa posibilidad. Le dije que quería hablar con su supervisor y me despedí con la cortesía que me quedaba.

A la media hora tocaron a mi puerta el jefe de su supervisor y el mismo Ignacio. Me dijeron que seguramente había sido un niño el que despegó en otra casa y pegó en la mía. Yo le dije ah, y luego el niño despegó con las uñas el engomado para esperar a Ignacio hoy por la mañana.  Además debe ser un niño muy alto, le dije.

Entonces el supervisor puso cara de desarmado.

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