En los próximos años caeremos en cuenta de lo absurdo que fue perseguir a los consumidores de drogas; nos palmearemos la frente lamentando la ridícula política prohibicionista.
Veremos claramente que la guerra, con sus horrores y sus 50 mil muertes, pudo ser evitada si México hubiera debatido públicamente su política de drogas, si se hubiera liberado información a la ciudadanía, y si Felipe Calderón no hubiera necesitado propaganda bélica para legitimar a su Gobierno.
Las próximas generaciones nos juzgarán con dureza, y con razón, por no haber cuestionado los motivos de esta guerra.
Si usted sigue creyendo que es preferible este enorme sacrificio nacional para que “la droga no llegue a tus hijos”, tengo que decirle que lo que debe llegar a sus hijos especialmente, pero a todo el pueblo en general, es, simplemente, información. Les hacemos más daño con balaceras afuera de sus escuelas, que regularizando las drogas en México.
El Gobierno federal teme liberar información que aliente a un debate que sin duda perderá. Los argumentos racionales y científicos ofrecidos en el foro “Drogas: un balance a un siglo de su prohibición”, convocado por la organización civil México Unido contra la Delincuencia, evidencian la profunda irresponsabilidad de lanzarnos a una guerra que, como lo dijera el ex Presidente colombiano César Gaviria en su ponencia, “convierte en animales a sicarios y a soldados por igual”.
El ex Presidente Gaviria aseguró que la mayor parte de las muertes mexicanas son causadas por conflictos entre comerciantes, no por tráfico, ni mucho menos por consumo. En México sólo 3.5 millones de personas han probado alguna vez una droga ilegal, pero ni siquiera sabemos cuántos de estos usuarios son problemáticos.
No es lo mismo tomar alcohol de vez en cuando, que depender de su consumo. Es importante distinguir a la población que usa drogas de los drogadictos. Los primeros no representan problemas a los derechos de terceros, los segundos se encuentran en una grave vulnerabilidad y no reciben atención del Estado. En ninguno de los casos debe haber persecución ni fincarse responsabilidades penales.
Otros países sí han demostrado interés en la población adicta que, efectivamente, vive un infierno.
Holanda, Suiza y Portugal han demostrado que la mejor forma de manejar a estos consumidores problemáticos es desde el enfoque de la salud. En Portugal, si el ciudadano es sorprendido con 10 dosis de cualquier droga es citado por un equipo interdisciplinario para revisar su caso y plantear su mejor tratamiento. Desde el punto de vista económico, según los portugueses, es más barato tratar a personas adictas que enviarlas a la cárcel.
Aunque se diga lo contrario, el consumo en México sigue siendo perseguido. La tabla de gramaje permitido de drogas ilegales es ridícula. Permite, por ejemplo, la portación de 5 gramos de mariguana o 0.5 de cocaína, pero a la venta no se encuentran estas dosis. Es decir, el usuario suele portar más de lo permitido porque nadie le vende menos. Al ser detenidos son juzgados como narcomenudistas.
Quien diga que esta guerra es contra la delincuencia, tiene que recordar que cuando Calderón declaró la guerra, los índices de violencia en México iban en picada. Según estadísticas oficiales, la violencia venía decreciendo desde los años 90 hasta el 2007. Hoy en día los picos en homicidios se concentran en localidades con presencia militar y policiaca. (“Homicidios 2008-2009. La muerte tiene permiso”, de Fernando Escalante, en la revista Nexos).
La EGAP y el CIDE propusieron en el cierre del foro la regulación del mercado de todas las drogas, aunque cada una tenga su propio protocolo. Los opiáceos jamás deben ser encontrados en el mercado, por ejemplo, su producción y administración para tratamientos debe ser exclusiva del Estado. La planta cannabis, en cambio, debe ser utilizada por cualquier paciente que la requiera, pero también podría ser consumida en clubes de fumadores con las restricciones obvias de edad. Ninguna droga debe publicitarse como hoy lo hace el alcohol con absoluta irresponsabilidad.
Diga sí al debate; no postergue esta pesadilla.