No quisiera necesitar a la sociedad mexicana para encontrar a mi hijo.
Disculpen la molestia, señores que discuten sobre el desempeño de los Tigres, ¿podrían ayudarme?, estoy desesperada, los militares desaparecieron a mi hijo Jehú. Perdone que la distraiga, señora que lleva prisa, ésta es la fotografía de Azalea, tenía 17 años cuando la levantaron en Apodaca. Mi niño, ¡le suplico que me escuche!, mi niño fue entregado por la Policía de Juárez a los Zetas.
Esta indolente sociedad mexicana es lo único que tienen cientos de ciudadanos para encontrar a sus hijos, a sus hermanos, a sus nietos, a sus padres. Ya han regresado de los ministerios públicos, de las zonas militares, de las procuradurías y fiscalías especializadas. No hay Estado. Sólo se han quedado los mantenidos del presupuesto público, pero no hay autoridades que resuelvan su tragedia. Lo han intentado todo, hasta arrodillarse frente al Procurador Adrián de la Garza. Pero no hay respuesta.
En la extraordinaria saga publicada esta semana por EL NORTE, en la que el periodista Daniel de la Fuente nos presenta cinco casos de desapariciones forzadas en Nuevo León, queda manifiesta no sólo la flagrante inacción, descoordinación y negligencia del Poder Judicial estatal, sino la participación deliberada -e impune- de agentes oficiales en la desaparición de personas. Son los mismos. Esto se llama terrorismo de Estado.
El terrorismo de Estado se distingue por provocar que cerremos puertas y ventanas al exterior para evitar enterarnos de sus abusos. El miedo nos corrompe. Sería ilógico pensar que todos los alemanes apoyaron los campos de exterminio nazi, pero ahora podemos comprender que, ante la barbarie oficial, el mecanismo de defensa más común es evitar darse por enterado.
Así, el País se fragmenta en narrativas contradictorias. Las víctimas y sus defensores fueron expulsados de la cursi ficción que sostiene el aparato publicitario oficial y que, por cierto, hace pasar a los sedientos de justicia como inadaptados, o bien, y esto quizá es lo más peligroso, pretende hacernos creer que sus causas están perdidas. ¿Quién desea ingresar a un laberinto sin salida?, ¿quién le va al equipo que tiene todas las de perder?
La apuesta del Estado es que la sociedad sea incapaz de articular esfuerzos colectivos; la clase política pretende que renunciemos a nuestra ciudadanía y que aceptemos gustosos el papel de consumidores. Ésta es una enorme tentación para el individuo cobarde y desinformado, que no comprende que su bienestar está estrechamente relacionado con la justicia y la equidad social. “Yo soy yo y mi circunstancia”, escribió el filósofo José Ortega y Gasset, “y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
Creo que la crisis del Estado mexicano que hoy atestiguamos es muy grave y de ninguna forma se detendrá su descomposición por un cambio de partido político, ni de perfiles en el poder. El desgaste histórico de la democracia representativa es global. Sin embargo, la defensa de la vida y de la dignidad humana no pueden esperar. Es lo único que tenemos.
Aunque albergo mínimas esperanzas en el Estado, advierto que su desmantelamiento será paulatino, luego, mientras siga teniendo el monopolio de la fuerza y la administración de los recursos públicos, seguirá valiendo la pena su depuración.
Por eso me uno a la exigencia urgente de Ciudadanos en Apoyo de los Derechos Humanos (CADHAC), organización ciudadana que ha respondido al dolor de 117 casos de desapariciones forzadas en Nuevo León (entre el 2011 y lo que va del año), de que los Diputados y Diputadas tipifiquen la desaparición forzada como delito. La omisión de los legisladores facilita que policías señalados como responsables de desapariciones sigan patrullando por la Ciudad.
Los ciudadanos del mundo tenemos ante nosotros la difícil tarea de sentir dolor. Nos corresponde representar la desolación y el desamparo. Sólo así estaremos mudándonos hacia sociedades más justas y pacíficas. La solidaridad, la compasión, la empatía tienen consecuencias culturales imborrables. Sentir nos dignifica. Pero no basta la indignación, hay que habitar el compromiso, la acción y la ofensiva ciudadana.
Los familiares de desaparecidos nos necesitan de su lado.