Fuimos testigos de un diálogo histórico entre quienes representan a las instituciones federales, encabezados por Felipe Calderón, y un grupo de ciudadanos representantes de mexicanos consumidos por el dolor, las dudas y la indignación. Este simple hecho es ya un avance democrático sin precedentes, y el cumplimiento parcial de uno de los objetivos más importantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, la visibilización de las víctimas y de sus demandas.
El hecho de que usted y yo pudiéramos seguir en vivo este encuentro es un síntoma de madurez democrática no sólo de los mismos participantes, sino del resto de mexicanos que albergamos esperanza en el intercambio respetuoso de argumentos. Quizá sin el acceso público los alcances de este primer diálogo hubieran sido mínimos. Sin embargo, ser testigo de lo que escuchó cada una de las partes es una marca de no retorno.
Quedó manifiesta la ausencia de una comunicación efectiva. Me queda claro que era necesario verter y extender argumentos sobre una mesa común para comenzar a construir el puente que hace falta. A unos los ciega la soberbia institucional y a otros el dolor de la espera, que no es poca cosa. Sin embargo, hay que reconocer que las víctimas mantuvieron la calma a pesar de escuchar un discurso sentimental, pero en lo profundo indolente, y que las autoridades no rompieron el diálogo ante acusaciones mayores al sentido estricto de su competencia.
Sin embargo, me parecería sumamente inmaduro juzgar el evento de ayer como un fracaso, decir que “no se llegó a nada” es la típica conclusión del mexicano apocalíptico que algo encuentra de gozoso en el caos y la inmovilidad. Opino lo contrario. Aunque no niego que me molestó el tono campechano que sobre todo Sicilia y Calderón intentaron imprimir en ciertos momentos, creo que terminar el encuentro con apretones de mano nos permite confiar en que, efectivamente, algo se está transformando.
Basta analizar los giros discursivos dentro del mismo evento para reconocer las bondades del diálogo. Felipe Calderón, por ejemplo, que se mostró en un primer momento falsamente orgulloso y seguro de las decisiones que ha ido tomando en nombre de todos, terminó aceptando, ante la caída de mandíbulas de muchos, que se lanzó a combatir con lo que tenía a la mano un cáncer que, según su percepción, no aguantaba las demoras propias de las reformas políticas y judiciales urgentes. Si usted puede evitar un crimen y sólo tiene piedras a la mano, las usa, dijo.
Al aceptar haber tomado la decisión precipitada de sacar al Ejército de sus cuarteles sin instituciones judiciales saneadas, me parece que muestra un gesto de humildad. Este primer síntoma de reflexión es la respuesta natural ante la exposición del dolor de cientos de mexicanos que han resistido a la tentación de señalarlo como culpable absoluto de todos los males del País. La madurez cívica es contagiosa.
Ni remotamente estoy lanzando las campanas al vuelo. Felipe Calderón lleva cinco años manifestándose sordo al dolor y ciego ante la ausencia de indicadores de éxito de su guerra. Sigue creyendo que es posible ganar una guerra a pedradas. Ha preferido confiar en su intuición que en el clamor de millones que exigimos un cambio de estrategia. El crimen se combate saneando a las instituciones judiciales, combatiendo a la impunidad y a la corrupción; responder únicamente por la vía de la fuerza es perpetuar el conflicto.
Calderón, por su parte, tuvo la oportunidad de aclarar la pertinencia de mantener al Ejército y a la Marina realizando labores de seguridad. Esta decisión la podemos comprender, que no avalar, incluso quienes juzgamos esta guerra arbitraria y absurda, sin embargo, hay acciones mucho más efectivas contra la delincuencia, una de ellas es legalizar casi todas las drogas -salvo los opiáceos- que en México se consumen.
“Estoy dispuesto a rectificar, pero díganme cómo”, dijo un Felipe Calderón conmovido o extremadamente soberbio, eso lo sabremos en los próximos tres meses cuando ocurra el siguiente encuentro.
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