Archivo | junio, 2011

Contagio cívico

25 jun

Fuimos testigos de un diálogo histórico entre quienes representan a las instituciones federales, encabezados por Felipe Calderón, y un grupo de ciudadanos representantes de mexicanos consumidos por el dolor, las dudas y la indignación. Este simple hecho es ya un avance democrático sin precedentes, y el cumplimiento parcial de uno de los objetivos más importantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, la visibilización de las víctimas y de sus demandas.

El hecho de que usted y yo pudiéramos seguir en vivo este encuentro es un síntoma de madurez democrática no sólo de los mismos participantes, sino del resto de mexicanos que albergamos esperanza en el intercambio respetuoso de argumentos. Quizá sin el acceso público los alcances de este primer diálogo hubieran sido mínimos. Sin embargo, ser testigo de lo que escuchó cada una de las partes es una marca de no retorno.

Quedó manifiesta la ausencia de una comunicación efectiva. Me queda claro que era necesario verter y extender argumentos sobre una mesa común para comenzar a construir el puente que hace falta. A unos los ciega la soberbia institucional y a otros el dolor de la espera, que no es poca cosa. Sin embargo, hay que reconocer que las víctimas mantuvieron la calma a pesar de escuchar un discurso sentimental, pero en lo profundo indolente, y que las autoridades no rompieron el diálogo ante acusaciones mayores al sentido estricto de su competencia.

Sin embargo, me parecería sumamente inmaduro juzgar el evento de ayer como un fracaso, decir que “no se llegó a nada” es la típica conclusión del mexicano apocalíptico que algo encuentra de gozoso en el caos y la inmovilidad. Opino lo contrario. Aunque no niego que me molestó el tono campechano que sobre todo Sicilia y Calderón intentaron imprimir en ciertos momentos, creo que terminar el encuentro con apretones de mano nos permite confiar en que, efectivamente, algo se está transformando.

Basta analizar los giros discursivos dentro del mismo evento para reconocer las bondades del diálogo. Felipe Calderón, por ejemplo, que se mostró en un primer momento falsamente orgulloso y seguro de las decisiones que ha ido tomando en nombre de todos, terminó aceptando, ante la caída de mandíbulas de muchos, que se lanzó a combatir con lo que tenía a la mano un cáncer que, según su percepción, no aguantaba las demoras propias de las reformas políticas y judiciales urgentes. Si usted puede evitar un crimen y sólo tiene piedras a la mano, las usa, dijo.

Al aceptar haber tomado la decisión precipitada de sacar al Ejército de sus cuarteles sin instituciones judiciales saneadas, me parece que muestra un gesto de humildad. Este primer síntoma de reflexión es la respuesta natural ante la exposición del dolor de cientos de mexicanos que han resistido a la tentación de señalarlo como culpable absoluto de todos los males del País. La madurez cívica es contagiosa.

Ni remotamente estoy lanzando las campanas al vuelo. Felipe Calderón lleva cinco años manifestándose sordo al dolor y ciego ante la ausencia de indicadores de éxito de su guerra. Sigue creyendo que es posible ganar una guerra a pedradas. Ha preferido confiar en su intuición que en el clamor de millones que exigimos un cambio de estrategia. El crimen se combate saneando a las instituciones judiciales, combatiendo a la impunidad y a la corrupción; responder únicamente por la vía de la fuerza es perpetuar el conflicto.

Calderón, por su parte, tuvo la oportunidad de aclarar la pertinencia de mantener al Ejército y a la Marina realizando labores de seguridad. Esta decisión la podemos comprender, que no avalar, incluso quienes juzgamos esta guerra arbitraria y absurda, sin embargo, hay acciones mucho más efectivas contra la delincuencia, una de ellas es legalizar casi todas las drogas -salvo los opiáceos- que en México se consumen.

“Estoy dispuesto a rectificar, pero díganme cómo”, dijo un Felipe Calderón conmovido o extremadamente soberbio, eso lo sabremos en los próximos tres meses cuando ocurra el siguiente encuentro.

ximenaperedo@gmail.com

Post shock

17 jun

La escalada de violencia no permite que nos acostumbremos a ella. Personas colgadas vivas sobre puentes peatonales, luego ejecutadas a tiros; cuerpos desollados, descuartizados. La locura que tocaba a nuestra puerta, ahora la aporrea. El miércoles pasado 33 personas fueron asesinadas en el Estado. Entre ellas, dos escoltas del Gobernador. La realidad exige de nosotros más que un pronto restablecimiento postraumático. Son tiempos de mudanza.

Se trata de descubrir, dice José Antonio Marina en “Crónicas de la Ultramodernidad”, bajo el inquieto oleaje de la noticia, la ola de fondo de los cambios culturales. ¿Estamos listos para hacernos esas preguntas que hemos dejado de lado durante los últimos 30 años?, ¿estamos listos para aceptar como mitos algunas de nuestras creencias fundacionales? El colapso acusa, precisa una reacción inteligente. Contestar a balazos sólo es un síntoma de terror.

En su último libro “Algo va Mal”, Tony Judt lanza una de estas preguntas al ruedo: “¿Cómo podemos enmendar el haber educado a una generación obsesionada con la búsqueda de riqueza e indiferente a tantas otras cosas?”. En 1949, según un estudio inglés citado por el autor, se observó que cuanto más inteligente era un muchacho, más probable era que eligiese una carrera y un trabajo gratificantes según sus personales intereses, valorando su remuneración en segundo término. Algo cambió definitivamente desde entonces.

Sobre los chicos y chicas que no estudian y no trabajan se ha dicho mucho y, sin embargo, ha faltado hablar sobre la pérdida de motivación que se posesiona de sus espíritus al advertir a tan corta edad que el pastel hace mucho fue repartido. Y nadie los esperó. Los adolescentes no se contentan con los mismos premios de consolación que nos dieron a quienes hoy tenemos 30 años. Ellos sí que están mandando al diablo a las instituciones, y no saben, y les interesa un comino saber quién es el tal AMLO o Peña Nieto.

El teatro se cae, señores productores. Y quienes vienen a desmantelarlo son los malditos “ninis” que ni siquiera tienen para pagar su boleto de entrada. Pero quienes terminarán demoliendo las estructuras serán los inadaptados por decisión. Los chicos que se preguntan por qué vivir cuesta tanto, por qué los trabajos son tan insoportables, por qué si es tan fugaz la vida no puedo disfrutarla, por qué si soy libre sólo me queda tiempo para decidir qué tipo de champú debo comprar, por qué debo tanto dinero si todavía no empiezo a vivir.

La siguiente pregunta es mucho más contundente. No deseo perturbar más que las imágenes de cuerpos descuartizados, pero las circunstancias obligan. En su libro “Crisis de Legitimidad”, Jürgen Habermas aprovecha la crisis para preguntar por el origen de la mayoría de los problemas que como sociedades enfrentamos. Ante la mayoría de ellos actuamos con un estoicismo insano, como dando por sentado que los beneficios precisan sacrificios. Uno de estos lastres es, paradoja de paradojas, la fuente de todo consuelo: Dios.

Dios es el atajo perfecto para evadir algunas preguntas de fondo. Antes de las religiones, los rayos, los eclipses, las tormentas eran interpretados de formas que hoy nos provocan sonrisitas soberbias; mañana es altamente probable que se rían de este Dios hecho a imagen y semejanza de las instituciones creadas por el ser humano. Pero más allá de lo obvio, este Dios es el conjuro más potente contra el terror que genera descubrir que la vida, en sí misma, carece de sentido. Luego, es derecho inalienable encontrarle alguno.

El sistema de creencias responde a las dudas que históricamente vamos generando. Se actualiza como un software. Aunque no queramos aceptarlo las próximas generaciones no muestran la misma disciplina dogmática al capitalismo, las religiones (como empresas que administran la fe) y al sistema político “democrático”.

Si el viejo truco de los espejitos y las cuentas de vidrio todavía sigue funcionando es, ante todo, por la fragilidad provocada ante la pérdida de autonomía. Rodrigo Medina y los chicos que lo tienen por héroe son el mejor ejemplo.

Sobrepongámonos al shock, que tenemos mucho que desaprender.

ximenaperedo@gmail.com

Pobres regios

10 jun

El desamor no se puede reprochar, ni exigir. Pero, ah, cómo dan ganas de lamentar la ausencia de compasión, ternura y solidaridad en esta Ciudad endurecida. Torpes como un ciego que niega su incapacidad visual, creemos que sólo existe nuestro dolor, nuestro odio y nuestras pérdidas. Seguimos creyendo que basta con que don Eugenio lo ordene para que la pesadilla se disuelva. Monterrey: tienes que aprender a tirar paredes y sentir al otro para resurgir y levantarte.

El martes pasado muy pocos regiomontanos recibimos a los caravanistas del Consuelo. Los peregrinos casi doblaban en cantidad a los locales. Siendo el segundo Estado más violento del País, con casi 5 millones de habitantes aterrados, era lógico, al menos, esperar que la plaza del Colegio Civil estuviera abarrotada. Pero no fue así.

El regiomontano decidió encerrarse. Así resolvió el problema de la inseguridad. ¿Salir en la noche al centro de la ciudad? ¡Ni de loco! Todo el amor que le encanta declarar hacia esta tierra se redujo a un correr cerrojos y cerrar cortinas. A mí no me van a fastidiar, dice con ese tono arrojado que le conocemos y, destapando su primer cervecita, el regiomontano típico enciende la televisión. El destino de la Ciudad le duele pero es incapaz de sentirse parte de la solución.

El papá de Gabriela Pineda, asesinada en un enfrentamiento a las puertas de la Facultad de Psicología de la UANL, lamentó que muchos de los regiomontanos despertarán a fuerza de dolor. A la mayoría la tragedia ajena no los sacude. Él, como don Otilio y las madres y esposas de tantos regiomontanos desaparecidos no imaginaban que a su tragedia se sumaría la desolación de descubrir que el Estado ya no existe y que no hay comunidad que acompañe.

Esa noche en la plaza escuchamos de pie y con un profundo respeto y compasión los testimonios desgarradores de seres humanos arrojados al abismo de la guerra. Uno tras otro exponían su más íntimo dolor, con una generosidad abrumadora. No existía otro mejor lugar en el planeta que ahí, frente a las víctimas, prestando nuestro cuerpo, nuestros oídos, nuestro aliento entrecortado. Un sufrimiento vivo que, pese a lo que podría pensarse, no nos desmoronó, ni nos hundió en tristeza, sino lo contrario: fuimos sorprendidos por un manto de consuelo.

Nos consoló ver que quienes más sufren están luchando contra la tentación del odio y la venganza. Como se despierta un volcán a iluminar la noche, así se encendió la nobleza humana en la plaza. El sufrimiento más hondo, la pérdida de un hijo, de una hija, de la pareja, del hermano, ha convertido a estos mexicanos en faros de esperanza. Por eso lamenté que fuéramos tan pocos los regiomontanos ahí reunidos. Nos hace falta reconocer el poder del amor y medirlo frente al del exterminio.

Me pregunto en qué se convertirán los caravaneros al término de su travesía por 12 ciudades mortalmente heridas. Al recoger el dolor que ninguna autoridad ha sido capaz de cargar, se acercan como nadie a entender la profundidad del problema. “La violencia no está en las armas, ni en la drogas, está en nosotros mismos… la manera en que se erradica la violencia es a través de la conciencia, el espíritu de justicia y la verdad”, dice Julián Le Barón. La estrategia militar es todo lo opuesto.

Esta guerra no persigue la justicia, sino el terror. Enfrentar a la delincuencia sin contar con un Poder Judicial reformado, saneado y eficiente cancela toda posibilidad de reconstrucción del tejido social y nos lanza a un enfrentamiento sin rumbo ni sentido. La impunidad es el motor de esta guerra suicida. Nuestra inmovilidad es el combustible.

Le Barón dijo el martes, aquí en Monterrey, que recorriendo algunas ciudades del País con la Caravana del Consuelo había caído en cuenta de que somos un pueblo ignorante y pobre. ¿Decir eso nada menos que en Monterrey?, ¡pero si somos la Ciudad del Conocimiento!, ¡y somos muy ricos!, ¿verdá, apá? Ya torcíamos algunos la boca cuando concluyó: ignorantes de la comunidad y pobres en humanismo. En eso somos los más pobres, señor Le Barón. Vaya paradoja.

Adendum: hoy hace 40 años sucedió la masacre conocida como “el halconazo”. No se sabe cuántos jóvenes murieron ni cuántos desaparecieron en manos de su propio Gobierno. ximenaperedo@gmail.com

Bajar del karaoke

3 jun

Con una deuda acumulada de más de 30 mil millones de pesos, Nuevo León rebota en caída libre hacia la quiebra. Mayo superó en muertes a abril, como abril superó a marzo: más de 660 asesinados en lo que va del año. Estas dos cifras evidencian la claudicación de los gobiernos en sus más elementales responsabilidades ante la sociedad civil. Están rebasados por los problemas que ellos mismos han llevado a un estado crítico y, sin embargo, prepárese, porque ya viene la temporada de karaoke.

El productor musical Malcolm McLaren (Sex Pistols), invitado por la organización TED, desarrolló en 2009, meses antes de morir, una reflexión interesante sobre lo que él denominó cultura del karaoke, caracterizada por la obsesión de ser famoso repitiendo tendencias exitosas comercialmente. Así, una y otra vez repetimos patrones sin cuestionarlos ni imprimirles personalidad propia. La creatividad auténtica está en el lado opuesto. No siempre complace, pero nos empuja al cambio.

La ilusión de la fama y el poder tiene a muchos seducidos. Entre ellos hay algunos sociópatas que no sienten vergüenza cuando toman decisiones contrarias al bienestar de la comunidad. El resto sí siente remordimiento, pero lo atempera de diversas formas: es por mis hijos, fui presionado, si no lo hago yo como quiera alguien lo haría. Las grandes farsas se sostienen con paliativos burdos, como nombramientos, bienes materiales y caravanas.

Sólo así puedo entender que nuestros políticos locales hagan oídos sordos a la realidad y comiencen a probar -uno, dos, tres, probando- su equipo de sonido para cantar las tradicionales promesas de campaña. Están decididos a gozar con sus traiciones y conspiraciones y nada ni nadie, ni el crimen organizado, ni nuestros lamentos, los hará renunciar a esto que consideran su derecho. Así que, arriba corazones, que el licenciado nos interpretará el gran éxito que llevó a tantos al poder: pueblo, yo te salvaré.

Cuando Rodrigo Medina fue cuestionado por realizar no sólo él, sino su equipo de gobierno, labores preparatorias para asegurar el triunfo de su partido en las próximas elecciones, contestó muy sinceramente que así era la cosa. “Cada quien es responsable de su actuar”, replicó, ignorante de la ley electoral, pero, sobre todo, ignorante del fastidio, de las deudas sociales y del rencor acumulado contra las autoridades extraviadas que no sueltan el timón por vanidad o subordinación a sus patrocinadores.

La Oposición tiene temas suficientes para debatir. La realidad invita a discusiones de altura, sin embargo, el PAN se entretiene en cacarear los fracasos del PRI buscando, a partir del desprestigio de su oponente, regresar al poder. Lo más patético es que al señalar los vicios de su competidor se muerde la lengua. Ejemplo: la Diputada Jovita Morín denunciando a los funcionarios estatales que trabajan para su partido cuando ella misma es representante legal del PAN ante la Comisión Estatal Electoral. ¡Plop!

Me angustia sobremanera que los políticos hayan perdido a tal grado la sensibilidad social. Están tan ávidos de recetarnos sus discursos triunfalistas que no reconocen nuestro duelo. ¿Qué ciudadano se prestará a jugar con ellos en el tablero de intrigas y mentiras?, ¿quién de nosotros comprará boleto para su decadente espectáculo?

No me imagino a Nuevo León en campañas políticas. Creo que enloqueceremos. Encima de balaceras, desapariciones forzosas y un endeudamiento histórico, los políticos montarán el carnaval de sus vanidades. La Ciudad, humillada y desolada, se llenará de un entusiasmo falso, fabricado por los animadores de la televisión. No estoy lista para verlo.

La buena noticia es que los políticos pueden bajar del karaoke y ser auténticos. Pueden decir que están cansados de amanecer en pleitos y de esperar el sueño conspirando. Pueden despertar. Abandonar el escenario de las ilusiones y dejar que la pista musical corra sola. Dirán entonces: algo va mal, también nosotros hemos sido estafados. ximenaperedo@gmail.com

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