Tomé un taxi en la central de autobuses de Pachuca. Cuando abordo un auto de renta me acompaña la duda que peino en mi regazo mientras avanzamos. ¿Quién eres, señor del volante? ¿de quién es ese zapatito que llevas colgado en el espejo retrovisor?, ¿cómo gritas cuando los Pumas meten un gol?, ¿te quieren en tu casa?
Con los taxistas he sostenido conversaciones tan estimulantes que me da pena llegar a mi destino. Son pláticas cuya sinceridad se expande ante la imposibilidad del reencuentro, pero también pueden ser divertidos viajes en los que usamos disfraces o personificamos papeles ajenos.
¿Quién elige a quién? Me gusta pensar en los segundos, en los minutos, en las horas que antecedieron al fortuito encuentro entre el taxista y yo. ¿Qué hicimos antes que nos hizo coincidir? Si yo me hubiera tardado un poco más en abrocharme mi sandalia, si usted no se hubiera pasado ese último amarillo… en fin.
Pero estaba yo llegando a la “bella” airosa y buscaba taxi. El que sería mi carro pasó por mi. El taxista bromeaba con sus compañeros sobre el destino de un tercero. Jugaba con su voz, se burlaba sin agresiones. De cabellos ensortijado negro, flaco y de tez morena rojiza, el cochero hizo andar el motor. Ninguno de los dos queríamos hablar. Eso también pasa. Seguro nos hubiéramos divertido hablando de política, de las lindas nubes pachuqueñas, de los pastes, de las minas… pero en lugar de eso cada uno optó por sus propios pensamientos. Iba yo entonces pegada al cristal de mi ventana viendo cómo he visto multiplicarse a la pobreza pachuqueña en todos estos años que llevo de visitas cuando en eso oí un murmullo casi imperceptible, como un rezo que luego curveaba su tono y parecía un canto. Un canto entonado, dulce pero con propósito. Un canto sentido, pues. Sin voltear a verlo, ni aparentar asombro, me quedé inmóvil frente a la pantalla de mi ventana. El taxista entonces subió el tono de su canto: “todos me dicen el negro, llorona”… “ay, de mi llorona, llorona, llévame al río”… entre verso y verso el auto se derramaba al tráfico, se detenía, volvía a emprender la marcha. Su canto transformó el entorno. Cuando terminó de llorar su arrullo no quise decir palabra. Ni un felicidades, ni un qué bonito canta, ni un aplauso, mucho menos un aplauso. Eso hubiera sido como una traición a la complicidad de los dos porque mis silencios formaron parte de su concierto. Entre los dos construimos el diminuto convivio. Pero entonces se me ocurrió contestar con una canción: “de piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera”… “subí a la sala del crimen, le pregunté al presidente que si es delito quererte, que me sentencien a muerte”… pero no me atreví. Y mientras los segundos se sumaban la idea pasó de ser aventurada a ridícula. Hoy, ya pasados dos días de aquel encuentro, pienso que debí haber cantado con toda mi voz porque cantar libera el alma. La cárcel de la creatividad –y del gozo- es el miedo al ridículo, eso pienso ahora.

Maravilloso!
Si, que bonito texto. Me gustó mucho.
merci!