Ayer, Denise y yo caminábamos por la acera de la Facultad de Psicología luego de tomarnos unos ricos tés en “El palacio del Te” -muy recomendable para mitigar el calor, aunque luego comentamos sobre la tapioca-, total que, acaloradas, íbamos hacia el vocho cuando vi que más adelante un hippie dejaba de hilar fijando la mirada sobre mi amiga casi con fascinación. Denise todavía no se daba cuenta de que aquel muchacho dejaba todo para esperarla, para darle un abrazo para decirle ¡pero cómo ha pasado el tiempo! ¿qué ha sido de ti? yo, previendo todo esto me dije a mi misma: ¡nooooooooooo! Después de la eufórica bienvenida pensé que seguramente pasaríamos un rato en la banqueta, achicharrándonos, así que resignada me puse a ver las artesanías del amigo mientras escuchaba los efusivos saludos y la narración conjunta de sus recuerdos más entrañables. Ya volaba yo en mis propios pensamientos cuando en eso escuché algo que me hizo bajar de las nubes y caer en seco sobre el pavimento. El artesano se quejaba amargamente con Denise sobre las presiones, la falta de tiempo y los pendientes. ¡No tengo tiempo! decía el hippie, y yo, atónita, no podía creer lo que ecuchaba. Me pareció el fin de una civilización: ¡un hippie sin tiempo! ¡debe ser el fin! quise gritar. Por fortuna no tuve que caer de rodillas a rasgarme mis ropas pues Axel comentó recogiendo de su tendido unas copias engargoladas, que un libro lo salvó de su estrés. El libro se llamaba El Tiempo Vivo y al parecer su lectura regresó a nuestro hippie la tranquilidad y la paz. Hace rato estuve buscando referencias pero no encontré muchas. De cualquier manera aquí les pongo la portada y el nombre de su autor por si quieren probar suerte.
Este tema me hizo recordar que hace poco, en el Festival de la Tierra, el hijo de unos amigos me preguntó señalando a Carlos Diaz, ¿ese es un hippie? Como la pregunta venía de un niño de 10 años, había que tratar de satisfacer su duda con claridad. Miré a Carlos un rato: pelo lacio largo, pantalones de manta, pulseritas, sandalias, guitarra y canto. Casi pude decirle a mi amiguito que sí, que Carlos era un hippie, pero para no dar posibilidad al error le dije: “habría que preguntarle qué come; si sólo come miel estamos ante un hippie, sin lugar a dudas”. El niño se me quedó viendo raro.


Si se calla el cantor… si acaba el tiempo del hippie…
Las locas tardes con Denise en donde lo más inesperado ocurre en cualquier momento
Imagínate lo que espero del viaje a Puebla
¡¡¡Haaay Axel!!! Hace tantísimo que lo veo, viejo amigo, ¿entonces sigue vendiendo allá en el área médica?!! Un abrazo… No nos hemos dado el tiempo